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24.12.2010

Repúblicas forestales

Reconocer el anonimato plantea un problema empírico, que sólo puede ser remediado mediante un acercamiento a sus formas más caracterísiticas de territorialización. Gilles Deleuze respondía a Claire Parnet que los perros son un modelo de territorialización fácilmente confundible con una forma de producción estética. Él decía, fíjate cómo levantan las patas traseras para orinar y marcar un lugar, cómo huelen las esquinas, cómo se mueven. Esa danza es una forma de arte que demarca un espacio, aseguraba frente a la cámara. Sin embargo, éste es un espacio que no se deja reconocer ni comprobar empíricamente. Sería una especie de territorio como aquél que definía Bruce Chatwin en su novela sobre Australia, The Songlines. Los mapas de las tierras que han pertenecido a los aborígenes no encierran el territorio dentro de un perímetro, sino que lo cruzan con canciones y relatos que convierten el lugar en un plato de espaguetis, tal como decía Chatwin. Cada lugar representa un espacio atravesado por diferentes historias, que ni siquiera pertenecen a un solo individuo. Se trata de canciones heredadas desde tiempos ancestrales, nada parecido a las escrituras de propiedad.

Pero esta forma de territorialización no se corresponde únicamente con seres primitivos, animales o culturas en riesgo de extinción. Felix Guattari aseguraba en Las tres ecologías que el rock and roll ejerce una forma de territorialización parecida, mediante la música y unos estilos de vida definidos por poses, estéticas y formas de hacer. Se trata de un territorio existencial, decía Guattari, donde se erigen espacios vitales que guardan una relación antagónica con las formas de vida dominantes en el capitalismo, y que pueden llegar a constituir mundos virtuales desarrollados en el seno de otros estilos de vida hegemónicos. Esa tendencia constante hacia la desviación podríamos encontrarla de nuevo en los textos de Michel de Certeau. Resulta especialmente elocuente su ascenso al ya desaparecido rascacielos del World Trade Center, justo después de terminada su construcción. Desde el piso 110 Michel de Certeau miró hacia abajo y comprendió lo extraordinario de una creatividad espontánea que ante sus ojos se encarnaba mediante el movimiento de los peatones. A pesar de desplazarse por los entresijos de la cuadrícula urbana, aquellos individuos conseguían inventar sus caminos. Pero inmersos en una bruma, escribía de Certeau, desconocen e ignoran que su escritura involuntaria está siendo leída desde un punto de vista privilegiado por la concentración de capital económico y tecnológico que, a fin de cuentas redunda en un punto de vista privilegiado escópicamente también.

Entonces, la cuestión es, ¿existe un anonimato que no despierte el hambre de un aparato de interpretación y vigilancia ávido de dar forma permanente a esas experiencias que no la tienen? El fuerte carácter transicional del anonimato hace que sólo pueda ser abordado mediante una historia natural que recrea todo aquello que le rodea, pero en ningún caso puede uno imaginarse cuáles son sus objetivos, intenciones o planes, si es que los tiene. Darle ese tipo de identidad organizada equivaldría a traicionar su verdadero potencial, un potencial que no siempre se anuncia como una forma de vida deseable, atractiva o conciliadora. Al contrario, puede que sólo revele la crudeza de su transicionalidad. Por eso los ejemplos tampoco pueden describir el anonimato. Uno sólo puede abrir el periódico y sorprenderse de que el anonimato existe. Puede que sus motivos no lleguen a ser transparentes o susceptibles de una reconstrucción racional, pero su capacidad de interpelación está fuera duda.

Tal como ocurrió en la primavera del año 2006, cuando los asaltos a viviendas desataron la alarma social entre los medios de comunicación. El sigilo con el que se producían creó una verdadera psicosis. Las noticias daban cuenta del miedo en aumento. Un fuerte sentimiento de indefensión se apoderó de aquellos que vivían en urbanizaciones. Los robos no sólo comportaban una intromisión en las viviendas sino que, en palabras de algunos afectados, llegaron a constituir una violación difícil de explicar. Después de un asalto el hogar se percibía menos propio. Algunos propietarios sentían que aquella residencia ya no era su casa. Una mujer entrevistada por el diario La Vanguardia confesaba su malestar tras haber tirado toda la comida de la nevera al descubrir que los atracadores habían comido de ella: «Del asco que me dio, tiré toda la comida que tenía a la basura, incluso la que estaba envasada» (27-05-06).

En este caso, la detención de cinco hombres de origen rumano alivió la tensión. Se sabe que los medios de comunicación suelen rubricar los acontecimientos como si estos fueran objeto de un relato. Pero lo más inquietante fue que se les hallara en medio del bosque. En las cercanías de Maspujols «vivían como auténticos guerrilleros» (27-05-06) y allí mismo guardaban los objetos que robaban. Camuflados entre la vegetación se encontraron hasta diez coches, aparatos electrónicos y equipos informáticos. Tal como informó la prensa, estos individuos abandonaban el escondite por la noche y andaban largas distancias para llegar a los vehículos que utilizaban en sus desplazamientos. El hecho de que los ladrones viviesen en el bosque –declaró la policía– había dificultado extremadamente las investigaciones. El origen de aquella «percepción subjetiva de inseguridad» –como dijera el director de la Guardia Civil, Joan Mesquida– había sido localizado entre matorrales.

Sucesos como este conceden al bosque un lugar en el catálogo de nuestros miedos modernos. Su imagen irrumpe como una pesadilla. Por un lado, se confirma su tradicional caracterización opaca y sombría; por el otro, despierta connotaciones ambiguas y amenazadoras. De repente, una masa de vegetación natural se ha convertido en la casa del otro: el inmigrante, ilegal, extranjero, desconocido e invisible. Las zonas boscosas adquieren en este punto del relato un potencial táctico para los más vigilados y estigmatizados. Un lugar oscuro y seguro a salvo de la mirada panóptica que en nuestra sociedad rastrea hasta el último rincón. De modo que el bosque se acopla a la imagen siempre incompleta del extranjero. Si, como diría Giorgio Agamben, nuestras leyes lo privan de humanidad, la definición de esta figura compleja que es el inmigrante se compensa con un perfil que lo identifica como un objeto natural, confundido, mezclado e hibridado con un espacio forestal.

Este imaginario que priva de visibilidad a los extranjeros toma cuerpo en puntos neurálgicos de las rutas migratorias. Al sur de Europa, cerca del enclave de Ceuta, y al norte, en el paso de Calais que permite cruzar al Reino Unido, hay bosques que sirven de refugio a los inmigrantes. Acceder a ellos es prácticamente imposible. Charles Heller, que llegó a Bel Younech realizando un documental sobre el tránsito de subsaharianos a través de Marruecos, estuvo a punto de conseguirlo. Un número de móvil de otro inmigrante fuera del campo le sirvió de contraseña. Pero a punto de franquear el estricto control que imponen los ocupantes del bosque, la policía marroquí inició una redada. Muchos mueren al caer perseguidos con armas de fuego. Sus precarias construcciones son quemadas y arrasadas. Sin embargo, esta «organización forestal» funciona como un espacio autónomo que permite esperar el momento en el que se cruzará al otro lado de la frontera. En la improvisada sala de espera que es Bel Younech se calcula que puede haber, en función de los diferentes periodos del año, cerca de 800 moradores. Muchos se quedan durante meses.

En la región de Calais también ha aparecido un campo informal tras los acuerdos de Schengen y el cierre del centro de Sangate. Durante el día se les ve avanzando por las vías del tren. Los habitantes de la zona se quejan del «perjuicio económico» mientras los activistas organizan la ayuda para los que se atreven a dejar «la jungla». Mientras tanto la policía francesa se adentra y persigue a los que malviven allí. Entre 200 y 400. Si alguno de estos consigue infiltrarse de polizón en el Eurotunel, el trayecto hasta Londres durará 38 minutos. Otros invierten, empleando otros medios, un mínimo de tres semanas. La paradoja se hace más dramática si consideramos que estos campos, por no llamarlos centros de internamiento consentidos, suelen estar ubicados junto a infraestructuras que mueven mercancías y personas con un alto grado de eficiencia. Cerca de Bel Younech se está construyendo el megapuerto Tanger-Med, uno de los mayores centros de logística previstos en el Mediterráneo.