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08.03.2011

La Universitat Lliure – Ull!
Apuntes para un combate del pensamiento

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La idea de crear una universidad alternativa surgió en la Asamblea de las Facultades del Raval, en marzo de 2009. Si durante años el proceso de Bolonia había suscitado luchas en la comunidad universitaria a nivel europeo, en Barcelona marzo de 2009 supuso un momento álgido. En este artículo trataremos de dar cuenta tanto del contexto en el que surgió la Universitat Lliure – Ull! como de la propia experiencia que supuso abrir un espacio colectivo que, de una forma u otra, lograba escapar de las posiciones enrocadas en los modos de lucha clásicos. Lo haremos a través de experiencias vinculadas a las circunstancias a las que nos vimos expuestos; a través de lenguajes, de determinados textos colectivos que emergieron en ese contexto; a través de pensamientos… situados. Repetiremos este esquema triádico, entonces, para cada uno de los planos que abordamos: Bolonia, el contexto de las luchas en Barcelona durante 2009 y el surgimiento de la Universitat Lliure – Ull!

BOLONIA

Experiencias

El «Plan Bolonia» –como se ha denominado a la reforma educativa iniciada por los ministros de educación europeos hace ya más de una década– ha suscitado, en estos diez años, un amplio movimiento de protesta en toda la comunidad universitaria Europea. Comprender estas protestas, sus objetivos, sus demandas y sus quejas, requiere, sin embargo, una mirada un tanto más amplia sobre qué implica la reforma educativa iniciada y cuál es el marco que le da sentido.1 Para ello es necesario pensar la reforma educativa como parte de la «Estrategia de Lisboa», es decir, como parte de la estrategia europea para competir en un capitalismo global a través del diseño de una economía que le permita seguir en cabeza en un mundo globalizado.

En los próximos veinte años, el modelo económico de Europa cambiará drásticamente. Seguirá reduciéndose su base industrial, el crecimiento y la protección social dependerán cada vez más de las industrias y los servicios que exigen un alto nivel de conocimientos y un número creciente de empleos requerirán cualificaciones de nivel universitario. Sin embargo, las universidades europeas, que son los motores del nuevo paradigma basado en el conocimiento, no están en condiciones de poner todo su potencial al servicio de la estrategia de Lisboa revitalizada.2

Asumiendo que ni la agricultura ni la vieja industria son ya, en la economía global, una apuesta de liderazgo, la estrategia a seguir es, entonces, apostar por la innovación y el desarrollo, esto es, apostar por generar nuevas ideas y modelos de negocio y, con ello, nuevas formas de capital. Se trata, pues, de «movilizar el capital intelectual»3 en Europa para lo que la movilidad de investigadores y docentes –objetivo del Espacio Europeo de Enseñanza Superior (EEES)– es enunciada ya como la «quinta libertad»,4 la del conocimiento, que, junto a la libertad de de circulación de mercancías, servicios, personas y capitales, completa la libertad de mercado en lo que concierne a ideas y patentes.

Se hace necesaria, paralelamente, la creación de subjetividades dispuestas a llevar a cabo esta estrategia. En primer lugar, sujetos dispuestos a una «movilización total»5 de sus vidas; sujetos en los que recae toda la responsabilidad de ser «empleables», esto es, de satisfacer las demandas siempre cambiantes e impredecibles del mercado laboral. En otras palabras: se trata de estar permanentemente dispuestos a autotransformarse para satisfacer las demandas del capital. Para ello deben, por un lado, dotarse de aquellas «competencias» necesarias requeridas por las empresas (competencias que a partir de ahora, precisamente, pasan a ser objetivo de los planes de estudio en todos los niveles educativos) y, por otro, deben ir actualizando sus conocimientos («aprendizaje a lo largo de la vida», también objetivo de los nuevos planes) bajo amenaza de exclusión; esto es, a actualizarse constantemente para ser compatibles con la última versión del «sistema operativo». Se trata de fabricar sujetos «a la carta», y, efectivamente, de delegar en ellos, ya desde el inicio, la responsabilidad sobre su continuo adaptarse y modelarse a las exigencias de un entorno siempre inestable. En segundo lugar, se insta a fomentar el autoempleo y la autoocupación, el «yo empresa» que es también el «yo marca» de una subjetividad que se gestiona a si misma como una empresa:

Europa educará el espíritu empresarial y las nuevas habilidades desde una edad temprana. Debe transmitirse en todos los niveles escolares un conocimiento general sobre la actividad y el espíritu empresariales. Deben crearse módulos específicos sobre temas empresariales, que constituyan un elemento fundamental de los programas educativos de la enseñanza secundaria y superior. Alentaremos y fomentaremos los empeños empresariales de los jóvenes y desarrollaremos programas de formación adecuados para directivos de pequeñas empresas.6

Es en todo este contexto en el que cabe entender el proceso de luchas mal denominadas o mal comprendidas bajo el rótulo de «antibolonia». De hecho, desde las instituciones, y con la connivencia de los medios, se ha invertido un gran esfuerzo por etiquetar tales luchas como «un movimiento» de corte radical y antisistema, en un ejercicio flagrante de simplificación poco disimulado. No es este el lugar para trazar un recorrido de las luchas, pero sí para constatar, por un lado, que tienen casi tanta historia como el propio Plan Bolonia, y, por otro lado, que son heterogéneas, tanto por los agentes que se implican en ellos (incluyendo, por supuesto, aunque no únicamente, posiciones anticapitalistas) como por sus contenidos. En todo caso, y para quien esté dispuesto a pensar el problema a fondo, debería quedar claro que las luchas contra la instauración del EEES van más allá de aquellos objetivos iniciales de homologación de títulos y movilidad. Lo que se pone en juego es mucho más.

Lenguajes7

BOLONIA ES TU CONTRATO DE VIDA PRECARIA

Bolonia no es algo aislado sino parte de un proceso. La Universidad está obsoleta, se disuelve como el resto de instituciones disciplinarias: escuela, ejército, cárcel. Bolonia sólo administra su defunción. Es parte de una transformación masiva que atraviesa toda la sociedad a través de las instituciones que organizan la vida. Es el ajuste que pretende adaptar estas instituciones a las exigencias del nuevo Capitalismo Desbocado. La reforma anterior conseguía disolver los discursos fragmentándolos. Bolonia los liquida. Las reformas educativas a todos los niveles –en Primaria, Secundaria y en la Universidad– tienen por objetivo poner nuestras vidas al servicio del capital. El capital invierte en nosotros como chantaje, exigiéndonos que le devolvamos su inversión. Objetivo: que haya menos universitarios y más mano de obra. ¿Cómo?: haciendo fracasar el sistema educativo y regulando las carreras en función del mercado.

Bolonia ataca directamente nuestra vida convirtiéndola en una vida gestionada antes de vivirla, una vida a la que no sólo debemos poner una «marca» sino que debemos pagar sus costes de promoción. Aumentando los costes (postrado) se consigue que disminuya la demanda y los «microcréditos» implican un endeudamiento a priori, implican nacer debiendo, una vida que se ha perdido, pero por la que se ha de pagar. Una vieja expresión dice que «por la Vida pierdes la vida». Objetivo: dificultar el acceso a la titulación superior. ¿Cómo?: dividiendo entre grado y postrado y encareciéndola; haciéndola incompatible con un trabajo; obligando al estudiante a «responsabilizarse» de su aprendizaje; incluyendo más horas facturables por crédito que se dedican al estudio y gestionando así nuestra vida privada.

Tomar posición contra Bolonia no es una mera cuestión de tomar conciencia. No se trata de pensarnos en tanto que condición de explotados, o en una falsa conciencia de la que la vanguardia política (sindical-estudiantil o de otro tipo) nos haya de librar. La cuestión de Bolonia nos pone frente a un mecanismo básico que organiza nuestro ingreso en sociedad. Una única lógica organiza la sociedad, y el consiguiente derecho a una existencia: tener dinero o no tenerlo, venderse para tener dinero o no hacerlo.

Lo que se precariza es la vida. La precarización de la Universidad es una cara más de un proceso general de precarización de la existencia… O bien se comprende eso o se oculta el verdadero núcleo político de la cuestión. Bolonia apunta en la dirección de esa liquidación de la vida, y no hace más que profundizar en esa obligación de capitalizar nuestra propia vida, de autoexplotarse, de venderse como marca. El éxito es, en definitiva, un proyecto de autoexplotación eficiente y creativo; y lo otro del éxito es vivir al límite, justo antes de romperse. O caer en la fosa común de los que no pudieron aguantar. Oponerse a Bolonia significa oponerse radicalmente a esta misma sociedad: quien no vea esto tiene un cadáver en la boca (probablemente el suyo).

Vidas precarias

Pensamientos

El saber deja de tener, en las nuevas formas del capitalismo global, la autonomía en que hasta ahora podía resistir. El único saber que interesa es aquel capaz de innovar, crear, esto es, de generar negocio donde no lo había, de generar beneficio de la nada.

El capital es, pues, el escenario que configura todos estos cambios; el capitalismo es el marco que no puede borrarse y que, sin embargo, parece y aparece como ausente. Dentro del espacio que configura el capital, su realidad se presenta y se toma como si fuese obvia, natural, ahistórica y eterna. Es una realidad que multiplica las diferencias con la globalización a la vez que las nivela bajo una sola lógica. Ahora bien, fuera de la perspectiva de esta lógica, aquello que se presenta como «diferencias niveladas» son las contradicciones, antagonismos y grietas del mundo en su complejidad. Un mundo, entonces, donde el escenario puede ser borrado; donde las propias palabras «capital» y «capitalismo» pueden ser relativizadas. Amenazar la estabilidad del escenario permite, justamente, pensar fuera de la identificación –hoy naturalizada, tanto a nivel de significantes como de significados– entre «mundo» y «capitalismo»; debe permitir, entonces, pensar el mundo fuera de la reducción de complejidad que impone la lógica capitalista.

Desenmascarar, desnaturalizar el escenario es pues hoy una tarea urgente; hacer patente cómo dentro del espacio del capital –que aparece como único, como el horizonte natural de nuestras vidas– las palabras conforman decisivamente a los sujetos, a la vez que presentan como obvias descripciones y justificaciones de lo injustificable.

BCN’09

Experiencias

Pese a que, como hemos visto, el primer encuentro ministerial data de 1999, las reacciones de los estudiantes no comenzaron inmediatamente. Poco a poco, aunque de modo creciente, las alertas sobre el Plan Bolonia han ido sumando y aunando protestas en toda Europa hasta que en 2009 alcanzaron en Barcelona y otras ciudades españolas su punto álgido.

Al inicio del curso, los contrarios a la reforma habían canalizado ya diversas acciones para tratar de, como mínimo, parar el proceso que avanzaba en España a golpe de decreto-ley8 y abrir un espacio de reflexión sobre el mismo. Las instituciones hablaban de «diálogo» y trataban de mostrar que «los estudiantes»9 podían y debían recurrir a los legítimos canales que el propio sistema universitario les brindaba. Sin embargo, estos no dejaban de comprobar que estas iniciativas nunca se traducían en hechos. Aparentemente se les permitía elevar sus quejas por los canales oficiales pero sin ninguna capacidad real de intervenir en el proceso. En Noviembre de 2008 se convocaron las primeras huelgas. Se detuvieron las clases para abrir espacios asamblearios sobre la reforma y las medidas a proponer. Con el lema «infórmate, posiciónate y actúa» se instaba a los estudiantes a abandonar el desconocimiento y la indiferencia ante la reforma y a actuar desde una posición informada en un sentido u otro.

Durante las huelgas, entre otras medidas, se establecieron piquetes con una doble misión: impedir el acceso a clase durante el periodo de huelga y, a la vez, informar a quienes desconocieran los motivos sobre el proceso y las implicaciones de la reforma. Sin embargo, ello provocó la confrontación entre quienes apelaban a su «derecho a ir a clase» y quienes instaban a la protesta. Ante esta situación, se decidió asambleariamente recurrir a otras vías que pudieran evitar estas confrontaciones internas dentro de la comunidad universitaria. En primer lugar, los piquetes pasaron a ser informativos, permitiendo el acceso a clase; en segundo lugar, se convocó un referéndum para que la comunidad universitaria pudiese pronunciarse sobre la interrupción del proceso de implementación del Plan Bolonia.10

Por otro lado, numerosas ocupaciones de facultades se sucedieron en otras universidades catalanas y del resto del estado. En el caso de la UB, se ocupó, entre otras facultades, el rectorado de la universidad, convirtiéndose en un espacio donde no sólo se informaba a cualquiera que se acercase a preguntar por las propuestas, sino en el que se organizaban todo tipo de actividades de reflexión, de intercambio de experiencias y conocimientos.11

Sin embargo, la mañana del 19 de marzo de 2009, a instancias del rector, los Mossos de Esquadra desalojaron el rectorado. Horas después el rector de la universidad era entrevistado en directo en el programa «Els Matins de TV3», donde afirmaba lo siguiente: «Me constaba que una parte de los encerrados no eran universitarios y que por más que yo hubiera podido ofrecer diálogo hasta el máximo, ellos no habrían querido salir por su propio pie… Ya digo, no todos, no todos son iguales; los había que si que eran más propicios a salir. Estos son los que mantenían en mí viva la esperanza de que este conflicto se resolviera de otra forma».12 La conversación al completo reproduce los argumentos que circularían durante aquellos días: los estudiantes «habían cruzado la línea roja»; se habló de que ciertos «radicales antisistema» se habían inmiscuido en las luchas estudiantiles, actuando como convulsores.

La reacción fue inmediata: de nuevo se paralizaron las clases, se convocó huelga y las asambleas en el Raval cobraron una nueva dimensión. Efectivamente, a causa de los sucesos que se iban encadenando desde hacía meses y del efecto producido por las huelgas y piquetes, las asambleas en las facultades del Raval, especialmente en marzo, fueron numerosas, tanto por la cantidad de convocatorias como por el aforo: hasta trescientas personas concurrían en aquel vestíbulo exterior cubierto, lugar de paso para entrar a las facultades o a la biblioteca.

De aquellas asambleas, destacamos ahora algunos aspectos relevantes para comprender las cuestiones de fondo que queremos tratar en este artículo. De entrada, el nivel de crispación en torno a las declaraciones cruzadas entre institución, demás poderes públicos, medios y las posiciones de lucha contra la reforma, tuvo un efecto importante en el hecho de que al inicio de una de las multitudinarias reuniones de la Asamblea del Raval, ésta expulsara a los medios que pretendían cubrir «informativamente» y de forma oportunista aquellos «movimientos estudiantiles» de repente tan visibles.13 Si es cierto que en hechos como este la Asamblea mostraba una fuerza que quizás sorprendía incluso a los allí presentes, también es cierto que aquellas reuniones escenificaban, de una manera u otra, una crisis de palabras:14 si bien asistía gente –y muchos por primera vez– con muy diversas sensibilidades y que compartía un malestar, no se daba salida a éste desde la creación de un espacio común –y la propia asamblea habría sido el lugar para ello– de pensamiento, palabra y acción. Más bien lo que ocurría es que todo aquello se esclerotizaba en posiciones aparentemente irreductibles. En efecto, tras el estallido inicial del «estamos aquí todos juntos y vamos a hacer algo», se pasaba, como si fuera irremediable, a la polarización de posiciones. A nuestro modo de ver, podemos por lo menos esbozar las que se hicieron más patentes, al margen de aquellas otras que sólo emergieron muy fugazmente. Veamos. La de aquellos que asistían a regañadientes, ocupando generalmente los lugares más alejados del epicentro del círculo asambleario a la espera de ver qué ocurría, defensores de «sus derechos y libertad individual de asistir a clase». La de aquellos que ya provenían del mismo ámbito asambleario cuando éste era mucho más minoritario, de la militancia y de determinados sindicatos de estudiantes, defensores de formas de lucha conocidas y ocupantes generalmente del centro del círculo. La de aquellos que, también en parte ya habituales de la Asamblea anteriormente, defendían sus reivindicaciones reformistas a través del diálogo democrático con la institución. Por último, la de aquellos que sin haber formado parte anteriormente de la Asamblea, por lo menos asiduamente, eran conscientes ante lo que venía ocurriendo de la necesidad de lucha, aunque, eso sí, fuera de los esquemas de la militancia tradicional.

Ya entonces y allí mismo, esto constituía un cierto rumor de fondo incómodo para todos o casi todos los que nos veíamos concernidos por todo lo que estaba ocurriendo. Era casi como un contenido oculto en el orden del día que podía estallar en cualquier momento. Desde luego, daba que pensar: efectivamente, éramos muchos los afectados y, sin embargo, qué difícil se tornaba llevar algo adelante conjuntamente.

Aún así, se acordó entonces trabajar en comisiones diversas que debían canalizar aquella fuerza que daba el número en un contexto efervescente. Sin embargo, con el fin de las huelgas y a través de un proceso de gradual pacificación, tras la efervescencia llegó la calma. Y con la calma y las clases, de nuevo «las asambleas de los de siempre». Quedó en pie el trabajo de algunas de las comisiones, entre ellas la que, a partir de la constatación de que «esta no es la universidad que queremos», debía pensar y hacer propuestas en torno a lo que pudiera ser una universidad alternativa.

Lenguajes15

«HA LLEGADO LA HORA DE LA VERDAD»

Después de meses de pedir diálogo, de intervenciones bienintencionadas que pretendían establecer lazos con las instituciones académicas, el diálogo democrático se ha mostrado absolutamente inútil. El diálogo que ofrece la institución se presenta como un diálogo entre iguales, cuando en realidad es asimétrico ya que en él las reglas están impuestas de antemano. Es como dialogar en una comisaría. El diálogo sólo es posible si al hablar se ocupa uno de los lugares previamente asignados. Fuera de este simulacro de escenario el habla no es reconocida como voz política y, por tanto, pese a poder expresarse (¡faltaría más!) no tiene ningún efecto ni ninguna posibilidad de intervenir políticamente.

En efecto, el rector de la Universidad de Barcelona tiene razón cuando afirma que se ha rebasado una línea roja. Pero no hemos sido nosotros sino ellos los que, ante ese nosotros que toma la palabra, han recurrido sencillamente a imponer el silencio democrático. Ha llegado la hora de la verdad. Bolonia no es algo aislado, sino parte de un proceso de ataque a todos los espacios que aún pueden oponer una resistencia al avance del capital. La Universidad está asediada. Bolonia ataca directamente nuestra vida, pero ya no sólo como estudiantes. No queremos convertir nuestra vida en una vida gestionada antes de que pueda ser vivida, una vida hipotecada cuyos costes de promoción tenemos que empezar a pagar ya. Ha llegado la hora de la verdad. Se ha abierto un espacio de politización y este hecho produce miedo en estas instancias que imponen las reglas del juego. Ahora no somos nosotros quienes sentimos miedo. De nosotros depende llenar este espacio que se abre de rabia y de creatividad, o bien llenarlo de palabras vacías disfrazadas de llamadas al diálogo.

Vidas precarias

Pensamientos

Decíamos más arriba que, de algún modo, las asambleas en el Raval reproducían una crisis de palabras. Algo ya hemos apuntado, pero ¿qué significa? Y aunque parezca paradójica la cuestión así formulada, ¿de qué nos habla una crisis de palabras?16 Para empezar, creemos que pensar en ello implica abrir la mirada a un contexto más amplio que el que configura por sí sólo el espacio universitario, tal como ya hemos ensayado bajo el anterior epígrafe de pensamientos.

Afirmábamos allí que hoy el capital desbocado, a través de las efectivas formas del capitalismo global, constituye un escenario que no se deja borrar. Y no se deja borrar porque ha devenido el horizonte natural de nuestras vidas. Hablar de crisis de palabras en el sentido que queremos darle aquí no se comprende, a nuestro modo de ver, si no se tiene esto en cuenta. De alguna manera, el mundo no se deja pensar porque las palabras que queremos utilizar para referir nuestra realidad son las que nos conforman dentro del espacio del capital y, a su vez, son las que describen la realidad del capital.17 En esta lógica, las palabras se encadenan a lenguajes que usamos para poner a funcionar esta realidad que aparece como obvia y natural. Efectivamente, disponemos de una variedad de lenguajes que «dicen» el mundo, pero son códigos conformados por ese escenario que no vemos.18 Son esos lenguajes ya conocidos, objetivos y, las más de las veces, técnicos, pero que todo opinador –y hoy todos somos opinadores– puede hacer suyos y modular a su manera; y en este sentido, son abiertos. Son esos lenguajes que nos permiten capturar un sentido y decir el mundo en su obviedad; y en este sentido, son clausuradores.

Lenguajes disponibles, espacios disponibles. En las asambleas, el malestar compartido no abría un espacio común en el que confrontar palabras creíbles, experiencias y pensamientos propios. La crisis consistía en que la confrontación se producía entre posiciones previamente codificadas. Mis derechos y mi libertad individual e inalienable; las formas de lucha militantes; el diálogo democrático… Todos ellos con su propia batería de recursos lingüísticos y argumentativos, con su pragmática, con sus propias propuestas de acción. Y, al fin, esto no requiere abrir un espacio para lo común, sino ocupar un escenario disponible en el que determinados códigos nos atraviesan y que, a lo sumo, como apuntábamos hace un momento, modulamos de formas diversas.

Habitamos un sentido común que da sentido a esta realidad obvia plenamente capitalista. La libertad de elección y la opinabilidad lo atraviesan para establecer una horizontalidad, un plano isomorfo en el que vivimos la ilusión de ser actores eligiendo, opinando. En esta bidimensionalidad liberal, no aparece –aunque no se oculta– la dimensión vertical de los procesos de conformación y de dominación. De esta manera, los antagonismos se aplanan en diferencias que deben ser gestionadas en escenarios disponibles diversos. La asamblea es un escenario disponible en una determinada escala; tiene su función e incluso puede aparecer en los medios, al lado de imágenes de manifestaciones, encierros y desalojos. Pero cuando se cambia la escala, cuando se requiere discutir «seriamente» la reforma universitaria con las instituciones o en los medios de comunicación, entonces los escenarios en los que se comparece cambian. Y con ellos las formas de representación: aquellos pocos nos representan y, a su vez, la lucha aparece representada de otra forma. Se despotencia lo político a través de la representación política en esa doble vertiente. Entonces la lucha despiezada es presa fácil para los moderadores de opinión; para la opinión pública misma.

¿Qué hay detrás de todo ello? Se comparece en espacios disponibles porque no podemos abrir espacios comunes nuevos. Se modulan lenguajes disponibles porque no podemos expresar aquello que nos afecta. El sentido de lo obvio nos instala en la creencia de que «lo que nos afecta» es privado. Vivir hoy es gestionar una vida privada. No encontramos así un sentido en politizar el malestar propio, que no privado. Estamos hablando, también pues, de una crisis de lo común. No de aquello que en privado tenemos de igual o parecido con los demás, sino de aquello que hay entre nosotros. La historia del capitalismo constata un proceso creciente de privatización de la existencia.

En el contexto de las asambleas –sin querer reducir la complejidad de lo que ocurrió efectivamente y más allá de la fuerza que tuvieron– parecíamos abocados a una determinada impotencia a la hora de acordar propuestas o líneas de acción. Había mucha información disponible, de manera que cada uno podía elegir estar informado o no, podía opinar sobre ello o inhibirse. Se daba, pues, transferencia de información; información que cada una de aquellas posiciones que prevalecían (a sabiendas, esbozadas y simplificadas: «la militante», «la democrática», «la liberal») gestionaba a su manera. En las discusiones había negociaciones, acuerdos mayoritarios, votaciones, desestimación de propuestas por falta de acuerdo sobre qué se estaba discutiendo, consensos, etc. En definitiva, una gestión de diferencias entre posiciones. Y si hubo mucha información en tránsito, lo que no hubo fue comunicación. Comunicación en el sentido de un hacer común en el que las posiciones ya codificadas son a lo sumo puntos de partida, pero nunca de llegada puesto que el espacio que se abre no se deja clausurar en los sentidos de lo obvio, de lo ya disponible, de lo negociable.

Crisis de palabras, crisis de lo común: en un sentido político, remiten a la imposibilidad de pensar el mundo fuera del escenario del capital. Aun así, hablamos de crisis porque nunca es absoluta la conformación. Porque siempre hay un resquicio, un desplazamiento: la forma nunca cierra ni puede cerrar sobre si misma una realidad que se rompe por todos lados, a pesar de las apariencias.

UNIVERSITAT LLIURE – ULL!

Experiencias

Efectivamente, la idea de crear una universidad alternativa surgió en aquellas asambleas de marzo, aún entonces numerosas. Como decíamos, entre otras comisiones de trabajo se creó la que debía ponerla en marcha. De entrada fuimos pocos los que allí mismo nos apuntamos a… a no sabíamos bien qué. Sin embargo, con el correr de las horas, durante y después de las reuniones de la Asamblea, allí en el concurrido y agitado vestíbulo de las facultades del Raval, algunos preguntaban interesados por aquella comisión de la universidad alternativa.

No es fácil explicar qué ocurrió en aquellas primeras reuniones en la «sala de tuppers» (a unos metros del vestíbulo, un espacio mal ventilado, entre sala de estudio y comedor con microondas y máquinas de vending). En todo caso, resultó como mínimo sorprendente que en las dos o tres primeras reuniones fuéramos más de cuarenta personas, y en esto influyó, como se pudo comprobar posteriormente, la huelga en marcha con la consiguiente paralización de las clases. De repente, parecía que la pregunta «¿qué universidad queremos?» cobraba una fuerza inesperada. Las primeras charlas se daban en corrillos; había cierto desbarajuste, quizás debido al número de asistentes, quizás debido a que no estaban claras ni formas ni contenidos. A ello se sumaba el hecho de que había gente que entraba y salía, pendiente de si era cierto el rumor que decía que algunos profesores estaban dando clase en las aulas después de haber «colado» a algunos estudiantes por una entrada secundaria. Al escuchar a algunos decir «ah, pues si hay clase, subimos», uno no sabía si aquellos querían retomar los apuntes o bien apagar los últimos focos de actividad lectiva. Lo cierto es que la cosa pasó sin más y apenas acarreó alguna que otra baja en la recién estrenada comisión. Al fin, algunos tomaron la palabra, otros moderaban las discusiones, aquel tomaba notas de lo que se decía…

Fue en esos momentos iniciales cuando se acordó cambiar el nombre a lo que hasta entonces denominábamos «universidad alternativa». Sabíamos –o quizás descubrimos allí mismo– que no queríamos otra universidad «nacida en otra parte», sino una universidad libre. Un lugar donde el pensamiento no estuviera bajo asedio permanente, un lugar donde pensar juntos. Fue también entonces cuando creímos necesario hacer llegar esto al resto de compañeros, casi con carácter de urgencia. Y surgió la idea de elaborar un manifiesto. Más allá del resultado,19 la forma como se elaboró este pequeño texto constituye una experiencia extraordinaria. Se pensó y redactó colectivamente; y requirió varias reuniones, ya fuera de la reunión conjunta de la comisión. Tampoco en un sólo lugar, ni siempre por parte de los mismos. Fue particularmente intenso y productivo un encuentro en un bar del Raval. Entonces se tejieron complicidades más allá de posiciones o roles codificados. Sólo así se comprende el valor que le otorgábamos a aquel pedazo de papel, precisamente porque fue el producto de un hacer común. En parte, un valor fundacional, porque abría un espacio nuevo.

Vamos a decirlo ya: al tiempo que se elaboraba el manifiesto la comisión comenzó a cobrar autonomía respecto a la Asamblea, y esto resultó decisivo para lo que pudo significar la experiencia que aquí estamos tratando. No se trata de ver en el manifiesto una causa; más bien una confluencia con lo que a la par y desde entonces iba ocurriendo en las reuniones de la comisión, y que tiene que ver con ese espacio que se abría. El asunto es complejo, pues tal autonomización no se debió a algo así como una decisión madurada y acordada. Pasó, o mejor dicho, fue pasando. Sea como fuere, es relevante atender al contexto inmediato de aquella comisión para comprender la singularidad del espacio colectivo que se iba configurando, y ese contexto no es otro que el que hemos presentado en el epígrafe anterior de experiencias.

En efecto, debemos volver la vista, por un momento, al contexto de luchas, huelgas y manifestaciones, a la Asamblea y a su dinámica. Se comprenderá así que en una comisión tan numerosa y abierta a sensibilidades diversas se reprodujera aquella polarización de posiciones de la que hablábamos más arriba. De hecho, las primeras discusiones en el seno de la recién estrenada comisión giraban recurrentemente en torno al mismo asunto: qué posición debía ocupar ésta en relación a la Asamblea. En los extremos, para unos la comisión era la Asamblea; para otros, la oportunidad de escapar de ella, pues la veían en manos de unos pocos radicales. Parecía inevitable que se abriera una brecha. Llevado al contexto más amplío que debía dar sentido a todo aquello, para unos enfrentarse a Bolonia significaba acoso y derribo. Para los otros, diálogo y reforma. La brecha parecía llevar o bien a la apropiación de la comisión por parte de una de las posiciones enfrentadas, o bien a su pronta disolución…

La Universitat Lliure – Ull! nació en la brecha. Quizás no se contaba con que algunos nos mantuviéramos, de una forma u otra, a una irreductible distancia de la identificación con determinadas posiciones de salida; con que no estuviéramos dispuestos, de una forma u otra, a asumir de entrada cierto código militante o cierto código liberal-democrático. Quizás no se contaba con que esos algunos fuéramos unos cuantos. Sea como fuere, al cabo de unas reuniones más, quedábamos unas quince o veinte personas conscientes de que todo aquello había surgido, efectivamente, en un contexto de luchas en el que la Asamblea jugaba un papel decisivo, y a la vez sabíamos que el espacio que abríamos no estaba predeterminado. Justamente era eso: que no accedíamos a un escenario dialéctico, sino que abríamos un espacio en el que pensar juntos aquello que (nos) estaba pasando. Habían desaparecido ciertos códigos reductores; o como mínimo, habían pasado a un segundo plano. Ahí estaba el desafío que de alguna manera vertebraba a un colectivo de personas que, como tal, emergió allí mismo. Y también ahí estaba su dificultad.

Aunque aquí vamos a hacer una breve referencia a lo que hicimos hasta fin de curso, queremos constatar que, para nosotros, lo más relevante de la experiencia de la Ull! no fueron tanto determinados contenidos llevados a la práctica, sino qué significaba y cómo se desarrollaba esa experiencia, ese espacio que era una brecha abierta. Algo que trataremos bajo el próximo epígrafe de pensamientos.

De entrada, acordamos entonces que lo más coherente con la situación era pensar juntos aquellos problemas que nos concernían de un modo u otro por nuestra condición de afectados por una universidad a su vez asediada por lógicas que el Plan Bolonia no hacía más que confirmar. Al abordarlo de este modo, surgieron varios ejes que permitían vertebrar prácticas bien diversas, pues éramos conscientes en todo momento de que no queríamos reproducir los esquemas de transmisión de conocimientos que queríamos atacar. Finalmente, decidimos abordar como eje temático aquel que denominamos «La fragmentación del saber». En torno a ello, nos propusimos concentrar una serie de prácticas y acciones en una semana, antes de que se cerrara el curso.20 En efecto, se trataba de atravesar la cuestión como problema que nos afecta desde muy diversos ángulos y en toda su materialidad, y no como objeto de conocimiento: mercantilización y «laborización» de los saberes, fragmentación mente-cuerpo, disciplinarización del conocimiento, ideología y saber, fragmentación y despolitización de las luchas sociales, etc. Se trataba también, entonces, de romper nuestra propia autopercepción como «estudiantes», esa etiqueta que, como otras («trabajador», «ciudadano», «militante», etc.) privatizan nuestras vivencias en escenarios preformados.

Todas las actividades se desarrollaron fuera de las aulas, algunas fuera del recinto universitario, en la ciudad: encuentros, debates, performances. Dentro de nuestras posibilidades, hubo un esfuerzo logístico e informativo considerable y, aún sabiendo que aquello había nacido en un contexto localizado y que en aquellas primeras prácticas no podíamos pretender implicar al mundo extrauniversitario, sí se implicaron personas de otras facultades.

Ya lo decíamos: no nos interesa si hubo buenos o malos resultados; no nos interesa el resultadismo. No se trataba tanto de medir la participación (que la hubo, en mayor o menor medida según la actividad), sino de medirnos con nuestra implicación. Nos interesa pensar esa experiencia en la que se tejieron complicidades imprevistas. Durante semanas, aquellos quince o veinte cómplices estuvimos implicados en algo común. En efecto, sacamos adelante una semana de actividades agotadora; y fue importante para nosotros, desde luego, pero no tanto en sí misma. Como experiencia, sí fue relevante y reveladora:

La Ull! fue para mí un eslabón más dentro de la cadena de fuerzas que se desarrolló en la lucha estudiantil del curso pasado. Pero un eslabón de esos fuertes que no se debe cortar, ya que marcó el inicio de algo que debemos continuar, y que fue el cuestionamiento de la Universidad tal cual es, como reproductora de conocimiento e ideologías que legitiman el sistema actual… y por tanto sólo beneficia al sector dominante de la sociedad, y le abre las puertas a los intereses de las empresas capitalistas. Nosotros quisimos entonces, desvelar todo esto, porque tenemos «en el beneficio de la duda», para criticar, cuestionar y si es posible «derribar para construir», un proyecto de universidad diferente, que le abra las puertas ¡No a las empresas!, sino a todos aquellos que aún la tienen vedada (…)
CYNTHIA

¿Qué significo para mí la Ull!?: significó perder el Miedo, así, en mayúsculas. (…) El presente, aquello que sucedía, ponía en vilo el futuro. El presente se hacía de pronto algo abierto. Todo dependía de cada día (…) el futuro no existía más allá del día siguiente y de lo que decidiésemos hacer… En pequeña medida eso me hizo perder el miedo a que realmente pase que un día un «nosotros» rompa la inercia y ponga en suspensión todo aquello que nos permite anticipar un mañana… (…) al perder este miedo, al decirme a mí misma «quiero el futuro que salga de aquí», ¡me hice más libre!
ESTHER

Para mí la ULL fue una de las experiencias, junto a la Asamblea de Estudiantes del Raval, de lo difícil que es construir una obra colectiva, en el sentido más amplio de la palabra, desde la base social. Parece que el individualismo capitalista ha calado hondo incluso en algunas personas que dicen combatirlo. Entonces nos encontramos situaciones de individualismo y critica destructiva en ámbitos que dependen de lo contrario. (…)Y esta es la otra cara de la moneda: la generosidad de las compañeras y compañeros que invirtieron parte de sus energías en construir algo por el bien común, dejando a un lado el interés individual.
JOSEP

«(…) emergió algo entre nosotros. De hecho, fue esa emergencia la que produjo un nosotros. Pensar, decir y hacer juntos; ejercer una complicidad no impuesta; hacer estallar dinámicas que nos aplastaban…Quizás la experiencia de la Ull! fue, y es para mí, eso: un pensar cómplice que rompe. (…) Transito por la facultad, veo una pintada… Ull! Pienso: «Estoy con ellos». Ellos es nosotros.
DAVID

Algo hay que hacer y cuanto antes. La ULL es otro intento, otra manera de visualizar el malestar, y su particularidad no radica en la patología sino mas bien en como nos enfrentamos a ella. Las formas, las palabras, los métodos desde los que nos acercamos a esa herida de final de curso fueron lo que para mí, pautaron el carácter de la propuesta. Asumiendo un margen de error previsible, la Ull! me ha hecho participe de un flujo de ideas, charlas y actividades que hasta el momento solo habían actuado dentro de los limites de la convicción personal. Nos hemos expuesto ante los demás y me he expuesto a mi mismo, y sigo vivo, y voy bien, y quiero repetir.
ARIEL

Lenguajes
Un manifiesto:21

La_Universitat_Lliure_-_Ull_manifesto

Una carta de presentación:22

Estoy hasta el culo de la universidad. De este departamento de fósiles empeñados en repetir palabras congruentes, de este nido de operarios del pensamiento, incapaces de dar vida a lo que dicen. Qué triste el cementerio. Qué triste esta gran arcada general que no llega al vómito. ¿Pienso o me quedo en el pupitre? Apuntando una pizarra más, una presentación más, traduciendo el català como si algo cambiara. Me habían dicho que era así, que una licenciatura limaba las aristas. Y el error, ¿dónde está? ¿Dónde metemos el error en esta caja? El error que nos empuja y nos hace, el que guardamos doblado en un cajón, para que el examen se apruebe, el año termine, la tesis se acabe. ¡Vaya mierda! Vete a trabajar.

En un país en crisis se trabaja igual. Algo se hace, algo saldrá. La crisis pasará, la crisis siempre pasa. Se trabaja de cualquier cosa, se hace cualquier cosa. Se hace con la vida cualquier cosa. Como un pantano alrededor de uno. Una ciénaga para flotar a lo ancho. Extensión máxima permitida de estanque: 2,5 mts. Y se anda chapoteando y tragando barro de a poco. Que en el mismo barro estamos todos. Pero no escupa tierra señor, no me escupa, que estoy al lado. Usted soy yo, ¿o no lo ve? Anda creyendo que tiene un beneficio, un salvoconducto, un espacio en el que puede habitar, ser. No tiene nada, repite información como un manual, en esta humanidad de mierda del año 2009 con silencio mediado.

Música por favor, al espacio de silencio. Más información. Venga con su interioridad construida. ¿Usted qué hace? ¿Qué escucha? ¿Qué hace usted en su tiempo libre? ¿Qué lee? Si no va a hacer nada, mire la televisión, haga algo. No puede ser clavel del aire. Trague barro. Construya. Construya tragando barro, que la ciénaga es global. ¿Me deja trabajar como operaria del cuerpo? Del pensamiento no, ¡por favor!, que paso 25 horas a la semana en esta casa. ¿Para qué? Puede ser robot aquí, mantenga la espalda derecha en el pupitre, vea el power point. Repita exactamente qué dijo Wittgenstein y Habermas y Heidegger.

¿Se ha ausentado alguna vez a su serenidad? Anoche mirando las tablas de la litera creí ahogarme. Ni el silencio se puede vivir a pie. Y el que camina, ay, si lo camina. Qué inoportuno extender la piel sobre la brasa. Escriba un discurso. ¿Un discurso de qué? Un discurso que no tenga curso. Un discurso para escuchar, un discurso correcto. ¡Pero si no somos nosotros! ¿Quiere ver de una vez el barro?¿Quiere hacer algo con esto?

Yo no quiero ya hablar. Tráiganme la papelera.

Carolina

Pensamientos

Vaya por delante que el asunto de este artículo no es el de idealizar una experiencia como la de la Ull! En ese sentido, en un polo positivo podríamos convertirla, por ejemplo, en un relato ejemplarizante de lo que pueda ser un pensar autónomo; un objeto para nuestra autosatisfacción. En un polo negativo el relato podría mostrar, por ejemplo, los peligros de toda lucha faltada de estructura, demasiado expuesta a los zarandeos de la espontaneidad; un objeto más para nuestra capacidad crítica. Pero de hecho, una experiencia en sentido estricto no puede ser idealizada, pues así perdería el carácter propio de toda experiencia: su inacabamiento, su contingencia, su revisabilidad, su apertura al pensamiento. Lo que nos interesa es pensar una experiencia que, a nuestro modo de ver, se inscribió en un combate del pensamiento, por el pensamiento. Un pensamiento común en que eso común no designa una propiedad compartida de antemano o el producto de un consenso, sino un entre, un intersticio.

Apostar por la brecha, por los intersticios, supone abandonar los escenarios clásicos de lucha o de diálogo, ya codificados, conformados de antemano. Hoy concebimos las luchas sociales en esos escenarios, cómodos en cierto sentido, pues se arriesga poco: más que de «ganar o perder», se trata de ver qué beneficios se ganan con esta lucha, esta reivindicación, esta queja, esta movilización; sea desde el sindicato, sea desde la sociedad civil, sea desde mi privacidad. Por contra, abrir espacios comunes en los que exponerse, en los que tomar y dar la palabra para compartirla, en los que definir cuál es nuestro combate fuera de los códigos establecidos, todo ello implica, efectivamente, una apuesta, un riesgo. Sin embargo, tal apuesta está fuera de aquella lógica de la ganancia. Ante la pregunta «¿Y qué ganáis con ello?» no cabe respuesta porque está viciada.

Contra esos escenarios conformados en que discurre la obviedad que vivimos, la brecha puede abrir un espacio desconformador. En los escenarios conformados rigen aquellos códigos disponibles que dan sentido a la política, a mi formación, a mi situación laboral, a mi salud, a la economía, etc. Un espacio es desconformador cuando se cortocircuitan los códigos que capturan todo sentido, que conforman nuestras vivencias y nuestras formas de hablar y de opinar. Por eso hay apuesta: porque nos exponemos al hablar, pensar y decir desde nosotros mismos, entre (nos)otros y en terreno abierto. En cierto sentido, la Ull! era un espacio desconformador porque no había algo determinado por llevar a cabo –como diseñar en la medida de nuestras posibilidades otra universidad o mejorar la que hay, pongamos por caso–. Lo que había era, más bien, una implicación en algo común para lo que no había catálogo disponible de medios y fines. Nos propusimos pensar esta realidad que nos aplasta –de la cual nuestra experiencia de la universidad no es más que un aspecto– y que nos produce malestares que apenas sabemos expresar. Por eso creemos que la emergencia de la Ull! tiene que ver también con el hecho de enfrentarse a esa crisis de palabras que nos atraviesa. Crisis que podemos pensar, precisamente, en espacios no codificados, pues en los códigos al uso (socioeconómicos, culturales, educativos o de salud), las crisis son hechos coyunturales para los que hay o debe haber oferta de soluciones. Dejar que los códigos hablen por nosotros tiene que ver, de alguna forma, con la justificación de lo que hay.

Los discursos de la vieja militancia, como hemos visto, parecen ejercer más un efecto neutralizador que movilizador de la lucha. A raíz de lo que hemos ido viendo podemos preguntarnos: ¿qué es hoy, desde lo político, una palabra creíble? ¿Cómo abrir espacios que desconformen esos códigos que capturan la palabra y simplemente repiten su obviedad? ¿Cómo abrir espacios en los que de una experiencia común pueda surgir un lenguaje común? Ya lo hemos dicho: la Ull! fue, por momentos, una brecha abierta. De pronto, se produjo un desplazamiento en esos discursos y palabras enrocadas para, en cambio, hacer distinto, pensar distinto, decir distinto. Y hacerlo juntos; lo cual, desde luego no es tarea fácil ni exenta de problemas. Más bien todo lo contrario, pues implicaba un permanente exponerse, experimentar y pensar entre nosotros, muchas veces a través de propuestas muy dispares y discusiones muy largas. Si algo podía facilitar todo aquello era una complicidad que se trocaba en implicación común y viceversa. En este sentido, el combate del pensamiento es el que desafía aquella obviedad desde un espacio de lo común en que la palabra surge de la materialidad de la experiencia. Recupera así la fuerza de una palabra que no se deja capturar y que, en su decir, rompe la conformación del código.

Sin embargo, esos espacios que parecen abrirse y cerrarse, esas brechas siempre impredecibles en que algo de pronto aparece, parecen, por otro lado, condenadas a no permanecer. La movilización total a la que nos vemos sometidos permanentemente para sobrevivir en esta realidad parece arrastrarnos consigo, por mucha resistencia que intentemos oponerle, como si de una fuerza de la naturaleza se tratara. Al final, esos espacios se cierran y regresamos a lo cotidiano, a la lucha precaria e individual, a la supervivencia privada. La resistencia vuelve al ámbito de la lucha privada o, como mucho, a la alianza de amigos. Somos nosotros quienes, en esa movilización total, ejercemos la despolitización y el conformismo. La incapacidad para exponernos es la incapacidad para hacer experiencia común capaz de desenmascarar el escenario naturalizado del capitalismo global; es la incapacidad para combatir con el pensamiento; es la incapacidad para apropiarnos de las palabras.

Las brechas, las grietas, son inevitables; pero por otro lado son inhabitables. ¿Cómo hacer durables esos espacios comunes y desconformadores? Durable no es eterno, pero mantener abierta una grieta por un tiempo produce efectos, otras grietas. Se hace difícil pensarlo, pero creemos que es lo que hay que pensar. Y creemos que para ello necesitamos un nosotros que permanezca, una experiencia de lo común que pueda expresarse en una palabra creíble; necesitamos de nuevo, el combate del pensamiento contra la obviedad de una realidad que se nos hace eterna.

A día de hoy no sabemos qué va a ser de la Ull! tal como la conocimos. De hecho, no sabemos bien qué es, más allá de aquella experiencia común que ahora nos hace pensar lo que hemos intentado esbozar aquí. Sí sabemos que sería un error intentar institucionalizarla, en el caso de que supiéramos cómo. Y también sabemos que agrietando produjo otras grietas…

Epílogo

Hemos trazado hasta aquí un recorrido que, a raíz de las luchas contra el Plan Bolonia, pasa por los sucesos de Barcelona de 2008-2009 y llega hasta una experiencia concreta. Así, hemos tratado tres ámbitos que nos han permitido atravesar escalas diferentes y posicionarnos en perspectivas diversas para apuntar a cuestiones de fondo comunes. Creemos sinceramente que perderse en uno de los planos y obviar alguno de los otros implica pérdidas decisivas. Hemos podido ver, desde una perspectiva general, cómo la reforma educativa se enmarca dentro del escenario del capitalismo global; desde una perspectiva situada, cómo las luchas en el marco de los enfrentamientos producidos en Barcelona reproducen una crisis de palabras que nos atraviesa; por último, cómo el desplazamiento que dio lugar al surgimiento de la Universitat Lliure – Ull! supuso, de una forma u otra, una apuesta por el combate del pensamiento.

Y para cada uno de estos ámbitos hemos hablado, como decíamos al inicio, de experiencias surgidas en aquellas circunstancias; de lenguajes de determinados textos colectivos que emergieron entonces; y de pensamientos situados en estos contextos problemáticos. Experiencias, lenguajes y pensamientos han funcionado aquí como los ejes vertebradores de lo que queríamos tratar. Pero no es sólo una cuestión de orden. Nos queda añadir una breve reflexión final sobre estos tres ejes, justamente porque pensamos que, de alguna manera, la emergencia de lo político abre un espacio que se instala en el centro de los mismos.

La experiencia se vacía de todo contenido político cuando se reduce a vivencias disponibles, enlatadas, en oferta. Vivencias en torno a las formas de consumo, de ocio, laborales, «políticas», de relación personal, formativas, artísticas, solidarias, terapéuticas, etc. Itinerarios privados, en última instancia. Privados de riesgos excesivos; privados de lo común.

El lenguaje se vacía de todo contenido político cuando es ese código que nos permite capturar la realidad en un sentido. Ya lo hemos visto. Más que tomar y dar la palabra, opinamos, modulamos lenguajes que nos hablan, repetimos lo obvio en múltiples variaciones. Somos hablados por el lenguaje del consumo, médico, democrático, empresarial, mediático, militante, etc.

El pensamiento se vacía de todo contenido político cuando se lo encierra en paquetes de conocimiento, cuando se confunde con ellos; cuando el pensamiento se confunde en ellos. Paquetes gestionables, al fin.

O de otra forma: experiencias, lenguajes y pensamientos desvinculados entre sí. En las formas del capitalismo global tal fragmentación no es un efecto de superficie, sino un presupuesto. Ni el pensamiento crítico ni nuestra experiencia del malestar tienen palabras para expresarse. El lenguaje se vacía en una repetición polifónica de lo obvio de esta realidad que nos arrastra y en la que nos arrastramos. Y sin embargo, nada puede garantizar la permanencia de la fragmentación. En este escenario podemos pensar pequeñas alianzas todavía, pequeños refugios individuales las más de las veces, compartidos las menos, que siempre apuntan a ir más allá de si mismos, que siempre apuntan a una insuficiencia, a una rabia, a una impotencia. Y en todo caso, cuando lo político no es capturado por el sentido de «la política» (institucional, electoral, de gestión de presupuestos), cuando en determinadas circunstancias lo político emerge o estalla, entonces es que se ha abierto ese espacio común, ese intersticio donde experiencia, palabra y pensamiento son una fuerza inextricable. En este sentido, la despolitización es consecuencia de la imposibilidad de romper esa desvinculación entre nuestras experiencias, nuestros pensamientos y nuestras palabras. Nuestras: propias pero también comunes entre nosotros.

Entonces, ¿podemos decir que, en un sentido político, crisis de palabras, crisis del pensamiento y crisis de la experiencia nombran algo común? ¿No estaría la verdad de las palabras que nos importan en la materialidad de prácticas, usos y experiencias concretas en que se dicen y se piensan? ¿En el combate que lucha por evitar que se vacíen de sentido en la universalidad del consenso democrático? ¿Acaso la revolución no ha sido ya siempre más que un horizonte –más que un lugar o un tiempo a dónde ir– la urgencia, el imperativo, la necesidad de huir del propio presente, de salir de aquí, simplemente porque no se puede vivir?

¿No es el verdadero momento político aquel en que de un nosotros surge la palabra, la experiencia y el pensamiento como algo apenas diferenciable?


1. Véase en esta misma revista el artículo de J.A. Zamora, «Docencia e investigación en la “sociedad del conocimiento”. Una aproximación crítica».
2. Comisión Europea, Movilizar el capital intelectual de Europa, Bruselas, 2005 [en línea]. [Consulta: 13 de Diciembre de 2009]. Disponible en: http://eees.universia.es/ documentos/ comision/index.htm.
3. Ibid.
4. «Europa necesita una “quinta libertad” –la libertad de conocimiento– que completa las cuatro libertades de circulación de mercancías, servicios, personas y capitales. Esta “quinta libertad” debería impulsar la transición de la UE a una economía del conocimiento innovadora y creativa». Comisión Europea: Informe estratégico sobre la estrategia de Lisboa renovada para el crecimiento y el empleo, Bruselas 2007.
5. Véase: S. López Petit, La movilización global, Traficantes de Sueños, 2009.
6. Parlamento Europeo. Consejo Europeo de Santa Maria Da Feira 19 y 20 de Junio de 2000. Anexo III: Carta Europea a la pequeña empresa [en línea].[Consulta: 13 de Diciembre de 2009]. Disponible en: http://www.europarl.europa.eu/summits/fei1_es.htm.
7. El siguiente manifiesto circuló en papel por las facultades del Raval en noviembre de 2008.
8. RD 1044/2003, de 1 de agosto, establece el procedimiento para la expedición por las universidades del Suplemento Europeo al Título; RD1125/2003, de 5 de agosto, establece el sistema europeo de créditos y el sistema de calificaciones; RD 55/2005, de 21 de enero, establece la estructura de las enseñanzas universitarias y regula los estudios de Grado; RD56/2005, de 21 de enero, regula los estudios de Postgrado; RD 1393/2007, de 29 de octubre, establece la ordenación de las enseñanzas universitarias oficiales.
9. No es casual que la institución se refiriera siempre a determinado sector del estudiantado como instigador de las luchas contra el Plan Bolonia, etiquetando así a «los estudiantes» y dejando de lado el papel de algunos miembros del personal docente e investigador (PDI) y delpersonal administrativo y de servicios (PAS). Volveremos sobre ello para hablar del papel de los medios de comunicación.
10. El resultado: un 95% a favor de parar el proceso, con una participación de un 20% aproximado de los estudiantes. Sin embargo, cuando se llevaron los resultados al pleno de la facultad, de nuevo los mecanismos de representación «oficiales» puestos por la institución como condición para el diálogo impedían cualquier posibilidad de interrupción.
11. Está disponible en línea el blog informativo del encierro: http://tancadaalacentral. wordpress.com
12. Véase en http://www.tv3.cat/videos/1092129
13. En concreto, la televisión autonómica. Viendo que la Asamblea se oponía espontáneamente a su presencia, uno de los enviados decidió tomar la palabra en la asamblea para pedir permiso y justificar su acción informativa «objetiva». En días anteriores, éste y otros medios de comunicación ya habían mostrado claramente, como hemos visto, de qué lado caía su objetividad. La respuesta de la Asamblea quizás les sorprendió por contundente y masiva: «no queremos más mentiras».
14. En el sentido propuesto por D. Blanchard (Crisis de palabras, Madrid: Acuarela, 2008) y que se aborda también en su artículo «Impostura» y en los «Materiales del Seminario Crisis de Palabras» en esta misma revista. Hablamos de ello un poco más abajo.
15. Este manifiesto circuló en papel por las facultades y la Asamblea del Raval en marzo de 2009.
16. Remitimos aquí de nuevo a los artículos que tratan esta misma cuestión en esta revista (v. n. 14).
17. Realidad del capital, y no meramente del mercado, pues es nuestra vida en todas sus dimensiones la afectada por la movilización global (Cf. S. López Petit, La movilización global, ed. cit.).
18. La noción de código que empleamos aquí y en adelante está tomada de la que D. Blanchard expone en «Impostura». Blanchard contrapone al código y a la clausura en un sentido de lo obvio que realiza, la lengua natural y el inacabamiento del mundo que ésta expresa.
19. El manifiesto se reproduce bajo el epígrafe siguiente.
20. Véase la agenda de aquella semana de mayo en: http://universitatlliureull.blogspot.com
21. Manifiesto de la Universitat Lliure – Ull! 22. Este escrito fue leído por Carolina Dimopoulos, su autora, estudiante de filosofía en la UB e integrante de la Ull!, en la actividad de presentación de la Universitat Lliure – ULL!, el 19 de mayo de 2009.