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24.12.2010

Un tejido horizontal íntimo y anónimo

A propósito de la publicación de: ¡Pásalo! Relatos y análisis sobre el 11-M y los días que le siguieron, VV.AA., Traficantes de sueños (Madrid, 2004).

Red Ciudadana tras el 11-M. Cuando el sufrimiento no impide pensar ni actuar, Desdedentro (Acuarela Libros & A. Machado, Madrid, 2008).

El 11-M ha sido un evento que, como el 11-S, contribuyó a cambiar las cosas que componen el mundo. Pero de manera muy diferente. El efecto inmediato de las masacres en las Torres de Nueva York y en el Pentágono en Washington fue devastador y desastroso: afianzó decisivamente el protagonismo del presidente Bush en su política unilateral como señor de las guerras pretendidamente preventivas de los inicios del siglo xxi, que han costado la vida a más de medio millón de seres humanos y mermado en buena medida la potencia del gran vencedor de las guerras calientes y frías del siglo xx. Ahora, 6 años más tarde, con todas esas experiencias de por medio, soplan otros vientos y el pueblo norteamericano ha subido a la presidencia a Barack Obama, que se autoproclama como presidente del cambio.

Por el contrario, sólo un día después del atentado del 11 de marzo, ejecutado por un círculo inspirado por Al-Qaeda, el Partido Popular encabezado por Aznar, el gran amigo de Bush, ya estaba perdiendo la calle y tres días más tarde perdía el gobierno en cuya cabeza puso la ciudadanía a nuestro Barack Obama-Zapatero.

Muchas miradas a eventos parecidos –y a lo que desencadenan– se han dirigido más bien a la superficie mediática de la realidad, marcada por protagonistas que figuran como hacedores en la historia y por instituciones con peso político. Por el contrario, en los testimonios que se recogen en ¡Pásalo! –desde correos electrónicos privados intercambiados entre el día 11 y el 14 hasta reflexiones publicadas entonces en internet– se puede escuchar cómo la reacción de la gente común a la masacre del 11-M, exigiendo la verdad y la seguridad del «nunca más», fue también una acción rompedora frente al malestar medio sordo que ejercía la dominación política del Partido Popular.

Red Ciudadana tras el 11-M parte también de ese terrible evento y sus consecuencias, pero su enfoque se centra en algo más cercano y subyacente: la red horizontal, íntima y liberadora que tejieron afectados de todo tipo y condición, sin seguir pautas marcadas desde arriba y cada cual a su manera, buscándose entre sí llanamente y superando barreras antes infranqueables, con el fin de consolarse, cuidarse y acompañarse; una red que les ayudó a encontrar un nuevo sentido a sus vidas, rehacer sobre otras bases las seguridades rotas en que nos sostenemos y confiar en el brote de una nueva esperanza alentadora. El libro no trata de ir tan lejos como para medir el cambio que pueda haber producido el 11-M en la política o en la sociedad, sino que se detiene atento ya desde el principio a lo que se rompe y a lo que se empieza a remover en los afectados del atentado, mostrando paso a paso –y también abrazo a abrazo– cómo estos se buscan, se engarzan entre sí y sanan juntos, qué cambio se da en ellos y qué dirección y dimensión pública toma su acción.

La Red es anónima, así como el autor del libro, que es ella misma, una red en la Red. Aunque apenas ya existe, durante el tiempo de elaboración del libro enredó en su interior a unos y otros para entrevistarse, escribir, leerse y reescribirse una y otra vez y de ese modo presentarse a sí misma, entenderse mejor y editar con mucho esmero esta obra. Una anonimidad llena de colores, estilos, contrastes, movimientos. Una anonimidad con muchos nombres de hacedores, que es sin embargo anonimidad porque ninguno de ellos resalta con un perfil protagonista.

La Red está formada por gente a quienes el 11-M arrebató un ser querido: como Caridad, la «superabuela» que perdió a Carlos, su nieto cariñoso, que hace taichi, preciosas manualidades y se alegra al ver a su hija Maribel animada al acudir a un encuentro de la Red; o Rita, ecuatoriana, amiga del alma de Maribel y que también perdió a su hijo, por el que habían venido a España para que estudiase arte dramático; u Oscar, joven ideador de tantas empresas, que perdió a su mujer Miryam. Hay también testimonios de heridos como Rebeca, que acompañaba a Miryam en aquel «tren de los sueños rotos». A ellos se suman varios de los que acudieron ese mismo día a ayudar y acompañar a los más afectados, como Eva, que es psicóloga y se dio cuenta enseguida de que su vida cambiaba ese día. Y otros que se sumaron más tarde, como Marga y Amador, ya expertos en el oficio de recoger, ensamblar y plantear ideas, relatores no aislados, sino bien enredados, de la primera y de la última reflexión en el libro, editadas ambas en hojas blancas en suave contraste con la hojas verde-tenue en que aparecen las entrevistas.

Son narraciones íntimas, desenfadadas, sorprendentes y reflexiones poco cerradas, bien sugerentes. Así, la obra nos transmite cómo la Red Ciudadana se engendró en el tejido horizontal íntimo y anónimo que fueron formando los afectados al buscarse y encontrarse entre sí. Al calor de ello, curiosamente, empezaron a sentirse liberados, a encontrarse a sí mismos y a expresarse por sí mismos, a tener presencia pública y ser así voz de los afectados.

Pero como ocurre con todo en la vida, lo horizontal, con su frescor, calor, color, franqueza e intimidad, se cruzó con lo vertical. La Red se defendió desde el principio contra la apropiación de los sentimientos confiados que se compartían en ella por parte de intereses políticos partidistas y/o mediáticos. Cuando debido a su presencia en la calle –en la Puerta del Sol y frente al Congreso– pasó a ser una voz pública, optó sin embargo por seguir en el calor y la anonimidad, sin protagonismos establecidos, de lo horizontal. No se registró oficialmente con sus estatutos y una dirección. Como narra Miriam en su entrevista, lo hizo bifurcándose amistosamente y en buen entendimiento de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo, una entidad oficial que agrupa a más de 900 afectados muy directos –muchos de ellos gente de la Red– y que precisamente se hizo famosa ante la opinión pública al leer su portavoz y actual presidenta, Pilar Manjón, el escrito redactado colectiva y conjuntamente por miembros de la Asociación y gente de la Red en la Comisión de Investigación del Parlamento.

Al decidirse por lo horizontal, el principio del deseo dejó tras de sí al principio de la realidad y, muy de acuerdo con el sentir de su gente, la Red pasó a elevar reclamaciones y expresar una desconfianza y dudas ante cuanto venía de arriba que rezuman en las entrevistas recogidas en el libro. Esto lo traslucen las entrevistas que sitúan el sentimiento de liberación, no tanto en las manifestaciones de millones del 12-M con pancartas preguntando «¿Quién y por qué? Queremos saberlo», como en las acciones de decenas de miles el 13-M gritando «Mañana votamos, mañana os echamos». Esa transformación de mayoría en minoría horizontal no alcanzó el futuro mejor y más humano hacia el que se movía precariamente, pero se aventuró en él sin someter su humanidad a ninguna realidad marcada por jerarquías y ha generado así esperanza en el futuro que no llegó a plasmar.