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21.09.2009

Vida sostenible
Collage de voces e ideas

El ideal ilustrado nos enseñó a pensar por uno mismo. Ahora que todos somos potencialmente portadores de una opinión personal e intransferible quizá debamos aprender a pensar con otros. Por eso este texto es un collage de voces e ideas, un material abierto para trabajar juntos lo que nos pasa.

Privatización

La sociedad terapéutica nos propone una vida sostenible siempre al borde de la crisis. Se trata de sostener la vida para no liberarla, de gestionar su equilibrio precario para no cambiarla. Vivimos bajo amenaza. Y esta amenaza somos ahora nosotros mismos y nuestra vulnerabilidad. Más que las agresiones externas tememos nuestras grietas internas, nuestras almas cansadas, nuestra impotencia y nuestra incapacidad.

¿Seré capaz de aguantarlo? Ésta es la pregunta que nos atenaza y frente a ella nos blindamos a golpe de terapia. No sé si seré capaz de aguantarlo, pero algo tengo claro: mi vida no está enferma. Ha sido privatizada. Las terapias a las que entrego mi cuerpo y mi alma no son por tanto la cura de ningún mal reparable sino la gestión del malestar que mi vida privatizada me provoca.

«Globalización: es la inversión de esta formación históricamente determinada del individuo social. Esta inversión consiste en una extremada privatización del mundo: es el triunfo de lo privado en el sentido griego de la palabra. De hecho, no puede haber espacio público allí donde sólo se den a la representación individuos singulares privados de contenedores comunes. (…) Cuando defino la globalización como privatización del mundo lo que quiero decir es que despoja al individuo de cualquier determinación histórico-social y abole la distinción interno-externo tal como se ha formado en la conciencia del hombre occidental. (…) La globalización es la colocación alucinada del hombre en un sistema único de comunicación que toma a su cargo la vida como mero problema de supervivencia. La globalización es la abstracción de la sociedad, pero también la locura de una Totalidad-sistema que asume dentro de sí a cada individuo singular de manera absolutamente autónoma (…) El individuo globalizado se ha encerrado en un subjetivismo absoluto en el que, negando el problema mismo de cómo puede el yo construir el mundo y de cómo se puede hacer disponible la cosa a través de la manipulación tecnológica. Un mundo común no puede estar a disposición del «singular». Esta es la degeneración del subjetivismo mentalista a través del cual los pensamientos producen el dominio sobre las cosas. La globalización es el fruto de esta Fantasía Omnipotente».

P. Barcellona, Le strategie dell’anima, Città Aperta, 2003, p. 23

La globalización dibuja un mundo único sin dimensión común. Paradójicamente, la reunión de la humanidad consigo misma en un solo mundo se ha producido como instauración de un régimen de co-aislamiento en el que todos estamos solos y relacionados a la vez. Hipercomunicados y siempre conectados, no disponemos en cambio de espacios de solidaridad ni de redes de apoyo que no sean las que nos ofrecen nuestras frágiles vidas afectivas y familiares. No hay horizontes comunes. La ansiedad por la supervivencia de cada uno parece que es lo único que compartimos. Para algunos esta supervivencia es anímica o psíquica. Para muchos es literalmente biológica. Pero la lógica que se impone es la misma: todos contra todos para poder sobrevivir.

«En la medida en que tanto las personas como las relaciones personales pertenecían moralmente a lo no mercantilizable, se condenaba a quienes trasgredían abiertamente esa norma. Ahora bien, de acuerdo con la lógica de la acumulación, el capitalismo ha desplazado esa frontera. Cuando ya no es posible una vida más «auténtica» alejada del capitalismo; cuando se pone en duda la existencia de bienes no mercantiles (la amistad, la confianza, el cuidado), cuyo valor sería irreductible al mercado, ¿qué podrá detener esa lógica?

Si la explotación alcanza hoy a todas las realidades posibles es porque adopta una forma tan intensa que afecta a la vitalidad misma, es decir, a todas las capacidades de reproducción de las que dispone un individuo. En el mundo industrial esta forma límite de explotación se producía a través del agotamiento causado por el trabajo. En el mundo conexionista, ese extremo se manifiesta en el agotamiento de relacionarse, en la progresiva incapacidad no solo para crear nuevos vínculos, sino también para mantener los existentes (alejamiento de los amigos, rupturas de lo lazos familiares, divorcio, absentismo político). ¿No es este el naufragio absoluto, la condición del «excluido» tal como se da hoy día?»

L. Boltanski / E. Chiapello: El nuevo espíritu del capitalismo,
Akal, 2002, p. 183

Una vida privatizada no tiene lazos ni cómplices en los que confiar. Cualquier relación se compra y se vende como el último artículo de temporada. Hoy estás, mañana no. Esto no pone en cuestión la autenticidad de las relaciones, que no es la cuestión interesante aquí. Pone en un primer plano la inestabilidad de no saber con quién se cuenta. Para vivir con la cabeza alta, para resistir los embates de la propia vulnerabilidad, hay que saber con quién se cuenta y hoy difícilmente lo sabemos. ¿Quién son los nuestros?

«La sobresaturación de la imaginación –tal y como aparece en las ficciones novelescas, cinematográficas– por lo social en toda gama de dramas, tensiones, complejos o dilemas relacionados con la cuestión de las clases y de los orígenes sociales, que ha marcado las décadas de 1960 y 1970 y que se encontraba, sin lugar a dudas, en armonía con la sensibilidad de unas generaciones que conocieron una fuerte movilización social, es sustituida en la actualidad por un interés preponderante por la cuestión del vínculo entendido siempre como algo problemático, frágil, que debe hacer o rehacerse –y por una representación del mundo de la vida en términos de conexión y desconexión, de inclusión y exclusión, de clausura en colectivos cerrados sobre sí mismos (las «sectas») o de apertura sobre un mundo peligroso, de encuentros, de ayudas recíprocas y, finalmente, de soledad.»

Boltanski, L. y E. Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo,
Akal, 2002, pp. 203-204

«Ahora somos todos individuos; no por elección sino por necesidad. Somos individuos de iure independientemente de si lo somos de facto o no; la autoidentificación, la autodirección y la autoafirmación, y sobre todo la autonomía en el desempeño de todas estas tareas, son nuestro único deber dominemos o no los recursos que existen en el desempeño de la nueva obligación. Muchos de nosotros hemos sido individualizados sin convertirnos verdaderamente en individuos; muchos más se sienten acosados por la sospecha de que en realidad no son lo bastante individuos como para hacer frente a las consecuencias de la individualización (…) Como consecuencia, la mayoría de nosotros nos vemos obligados a buscar soluciones biográficas a unas contradicciones sistémicas».

Bauman, Z.: La sociedad individualizada, Cátedra, 2001, p. 122

Psique

«El individuo moderno ya no está directamente inmerso en una tradición particular, sino que se experimenta como un agente universal atrapado en un contexto particular contingente, y libre de escoger su modo de vida; mantiene entonces una relación reflexionada con su mundo vital, e incluso para sus actividades más «espontáneas» (la sexualidad, el ocio) se basa en manuales instructivos. En ninguna parte es más evidente esta paradoja de la reflexividad que en los intentos desesperados y violentos de salir de los modos reflexionados de la modernidad y volver a una vida ‘holística’ más espontánea: resulta tragicómico que también estos intentos se apoyen en una multitud de especialistas que nos enseñan a descubrir nuestro verdadero yo espontáneo… Es probable que no haya nada más científico que el cultivo de ‘productos orgánicos’…»

Slavoj Zizek, El Espinoso Sujeto, ed. Paidós 2001, p. 297

«Tales individuos padecen de aquellas mermas de inmunidad que se producen por la decadencia de las solidaridades (…) Para las personas privadas, débiles esféricamente, su periodo de vida se convierte en el cumplimiento autodiseñado de un encierro en una celda de aislamiento; yoes sin extensión, cuya acción palidece, pobres en participación miran absortos hacia fuera, a través de la ventana de los medios a movidos paisajes de imágenes»

Sloterdijk, P.: Esferas III, Siruela, 2006, p. 78

Los problemas laborales, las historias de amor, los viajes, el descubrimiento de la naturaleza, incluso las formas actuales de militancia, todo es hoy expresión de la búsqueda de nuestro yo. Cualquier vivencia es valorada a partir del estado anímico que nos provoca. Pero limitarse a hablar de psicologización de lo social encubre el verdadero proceso de privatización de la vida. La psicologización es sólo uno de sus muchos efectos. Todos tienen que ver con una brutal despolitización de nuestra relación con el mundo.

«Vemos la sociedad como un significante solamente si la convertimos en un enorme sistema psíquico. (…) debido a que esta imaginación psicológica de la vida tiene vastas consecuencias sociales, deseo denominarla con un nombre que al principio puede parecer inadecuado: esta imaginación representa una visión íntima de la sociedad.

(…) Las sociedades occidentales se mueven desde algo así como una condición externa hacia una interna, excepto que en medio de la autoabsorción nadie puede decir qué es interno. Como consecuencia, se ha producido una confusión entre la vida privada y la pública; la gente está resolviendo en términos de sentimientos personales aquellas cuestiones públicas que sólo pueden ser correctamente tratadas a través de códigos de significado impersonal.

(…) El espacio público muerto es una razón, la más concreta, para que la gente busque en el terreno íntimo lo que se le ha negado en un plano ajeno. El aislamiento en medio de la visibilidad pública y la enfatización de las transacciones psicológicas se complementan mutuamente.

(…) Yo creo que la derrota que el contacto íntimo asesta a la sociabilidad es más bien el resultado de un largo proceso histórico, en el cual los propios términos de la naturaleza humana se han transformado en ese fenómeno individual, inestable y autoabsorbido que llamamos «personalidad».

Sennett, R.: El declive del hombre público, Península, 2002, pp. 22-24, 44

¿Y cuál puede ser la relación entre psiques?

«La suma de las psiques de los individuos puede formar un manicomio, pero no una sociedad.»

P. Barcellona, El individualismo propietario, Trotta, 1996

La sociedad terapéutica es este manicomio.

Anonimato

Contra la tiranía de la intimidad y la amenaza de la vulnerabilidad, hay autores que predican la rehabilitación del espacio público y de su principal protagonista: el ciudadano. Recuperar la ciudadanía como modo de articular la sociedad sería la receta para repolitizar el vínculo con los asuntos comunes. Pero esto presupone mantener la distinción público / privado que hace tiempo que en el espacio político postmoderno ha dejado de funcionar. La privatización de la vida se da en público y sobre los asuntos públicos. El voto y la abstención son hoy una expresión de estados de ánimo, los conflictos laborales remiten a problemas de capacidades y de personalidad, los desastres colectivos generan traumas personales, la delincuencia es un problema mental, la educación una disciplina de psicólogos, etc. En la dirección opuesta, la casa es hoy «tu república independiente»,1 el coche «el espacio vital al que tienes derecho»2 y tu subjetividad tu capital más importante. Si lo público y lo privado no se distinguen como ámbitos separados, tampoco hay una política que oponer a lo terapéutico ni un sujeto colectivo, dotado de conciencia y voluntad, que pueda salvar al yo terapeutizado.

«Privado» no significa solamente algo personal, que ocurre en el interior de Fulano o Mengano. Privado significa antes que nada privado de: privado de voz, privado de presencia pública. En el pensamiento liberal la multitud sobrevive como dimensión privada. «Los muchos» son afásicos y están alejados de los asuntos comunes.

(…) La multitud contemporánea no está compuesta ni de «ciudadanos» ni de «productores»: ocupa una región intermedia entre lo individual y lo colectivo y para ella no vale la distinción entre público y privado.

Virno, P.: Grammatica della moltetudine. Per una analisi delle forme
di vita contemporanee
, Derive Approdi, 2002, pp. 16-17

La pregunta por lo común debe moverse hoy sobre esta indistinción. Esto implica combatir las diferentes formas en las que el nosotros ha sido también privatizado. La globalización es el triunfo de lo privado no sólo porque en ella el individuo singular ha sido puesto en el corazón del sistema, sino también porque la experiencia del nosotros se ha convertido en una promesa de refugio. La globalización es un proceso de individuación de los clientes y de los consumidores a lo largo y ancho del planeta y a la vez un resurgir de innumerables comunidades cerradas sobre sí mismas. Minúsculas o multitudinarias, étnicas o de diseño, raciales o virtuales, hay una búsqueda de pertenencia y de reconocimiento que resucita la relación con algún tipo de comunidad. Pero estas comunidades son parte del programa terapéutico: ofrecen valores como los de seguridad, comodidad, fuerza, identificación, etc. Gracias a ellas, lo insoportable de la vida se hace más sostenible.

«Las biografías de los trabajadores postfordistas se organizaban en narraciones relativamente coherentes y productoras de subjetividad, con un inicio, un desarrollo y un punto de llegada programado: carrera profesional, llegada del inmigrante a la ciudadanía, movilidad social garantizada a los hijos con acceso a la universidad, etc. Por lo menos la rutina laboral servía para consolidar el carácter y las expectativas, por muy devastadora que pudiera ser en otros aspectos. La narración insería una individualidad compactada en un nosotros autoprotector. La fragmentación postfordista produce biografías incompletas, personalidades interrumpidas: versión maligna de los fascinantes heterónomos de Pessoa y de las pesadillas románticas del doble y de la pérdida de la sombra. La fe etnocéntrica del comunitarismo y la retórica del trabajo de equipo –concentración del poder sin centralización de funciones– son una parodia de la comunidad. En la medida en que anulan el conflicto hacen más lábiles las diferencias y reducen la escucha recíproca a la charlatanería. El grupo empresarial que discute sobre cualidad simula la asamblea política sobre la base objetiva de la indistinción tendencial de política, lenguaje y trabajo.»

Illuminati, A.: Del comune, Manifestolibri, 2003, p. 131

Rompiendo los cercos y trincheras que estas comunidades privatizadas imponen, ¿cómo pensar en una liberación colectiva de la vida?

«No es lo propio, sino lo impropio –o más drásticamente, lo otro– lo que caracteriza lo común. Un vaciamiento, parcial o integral, de la propiedad en su contrario. Una desapropiación que inviste y descentra al sujeto propietario y lo fuerza a salir de sí mismo. A alterarse. En la comunidad, los sujetos no hallan un principio de identificación, ni tampoco un recinto aséptico en cuyo interior se establezca una comunicación transparente o cuando menos el contenido a comunicar. No encuentran sino ese vacío, esa distancia, ese extrañamiento que los hace ausentes de sí mismos.

(…) La comunidad no es un modo de ser –ni menos aún, de hacer– del sujeto individual. No es su proliferación o multiplicación. Pero sí su exposición a lo que interrumpe su clausura y lo vuelca hacia el exterior, un vértigo, una síncopa, un espasmo en la continuidad del sujeto.»

Esposito, R.: Communitas, Origen y destino de la comunidad,
Amorrortu, 2003, pp. 31-32

Desapropiarse, exponerse, alterarse: son los movimientos de un sujeto capaz de ponerse fuera de sí, tanto individual como colectivamente. Fuera de sí está el anonimato no como disolución de nuestra singularidad sino como co-implicación en algo que no nos pertenece y en lo que no podemos reconocernos: el mundo.

«Mi vida tiene que tener un sentido que yo no constituyo, tiene que haber una intersubjetividad, que cada uno de nosotros sea un ser anónimo en el sentido de la individualidad absoluta y un anónimo en el sentido de la generalidad absoluta. Nuestro ser en el mundo es el portador concreto de este doble anonimato».

Merleau-Ponty, M.: Phénoménologie de la perception,
Gallimard, 1945, pp. 511-512

Aprender el anonimato es el camino inverso de la terapia como gestión particular de una vida sostenible. Ambas estrategias se mueven en el mismo campo de operaciones: la propia vida confrontada con su malestar. Pero mientras que la terapia mantiene este malestar (o su atenuación) anclado en el yo de cada uno, aprender el anonimato es una vía para desapropiarnos de él. No se trata de sumar nuestro malestar y reconocernos en él como en un grupo de terapia colectiva. El reto es hacer de él una dimensión impersonal que nos atraviesa sin apoderarse de nosotros. Ahí empieza una política nueva capaz de formular con acentos nuevos la pregunta por el nosotros.

«La filosofía política debe recomenzar, recomenzarse a partir de sí misma contra sí misma, es decir, contra la filosofía política y la política filosófica. Para ello, debe en principio pensar cómo nosotros somos «nosotros» entre nosotros: cómo la consistencia de nuestro ser está en el ser-en-común, pero cómo esto último consiste muy precisamente en el «en» o en el «entre» de su espaciamiento.»

Nancy, J.L.: Ser singular plural,
Arena Libros, 2006, p. 41

Interdependencia

«¿Cómo puede ponerse en plural la palabra yo? ¿Cómo puede una acción o pensamiento humanos ser captado en el modo del «se» (on) si, por principio, es una operación en primera persona, inseparable de un yo?»

Merleau-Ponty, M.: Phénoménologie de la perception,
Gallimard, 1945, p. 400

La sociedad terapéutica ofrece una vía para poner el yo en plural que es la de reconocerse en el sufrimiento del otro como si de un espejo se tratara. La depresión, el stress, la ansiedad, el pánico o la obesidad del otro me permiten identificar y nombrar mi propio mal, nuestro mal. Pero como el espejo, ésta es una imagen que nos deja igualmente solos con nuestro malestar y su gestión.

«La acción común es una acción sostenida por categorías y por una relación con el mundo y con los otros que la filosofía del Yo y del Otro no puede explicar.»

Merleau-Ponty, M.: Aventures de la dialectique, Gallimard, p. 263

Para gestionar el malestar puedo contar con la intervención individualizada del especialista, quien siempre tendrá que colocarse frente a mí, nunca junto a mí. Los especialistas organizan hoy nuestra vida en todos sus planos: la comadrona nos dicta cómo gestar y parir, el pediatra cómo alimentar a nuestros pequeños, el monitor y el pedagogo cómo jugar de niños y con los niños en nuestros ratos libres, el nutricionista cómo cocinar, el maestro cómo leer, el médico cómo hacer deporte y vida saludable, etc. En otro plano de cosas, el economista es quien dicta cómo hacer política, el ingeniero dónde tienen que llevarnos las carreteras y el informático cómo tenemos que comunicarnos con los demás. El especialista es un «dictador» en el sentido literal de la palabra: nos dicta cómo vivir, individual y colectivamente. En la relación con él desaparece el lugar para la acción común y el mundo como aquello que transformamos colectivamente. Nuestra interdependencia se ve mediatizada por su «dictamen».

Diríase que una facultad que nos pareciera inalienable, la más segura entre las seguras, nos está siendo retirada: la facultad de intercambiar experiencias.

W.Benjamin, «El narrador» en Para una crítica de la violencia,
Taurus, Madrid, 1999

A pesar de ello, nuestra interdependencia no es menos real, todo lo contrario.

«Durante los dos últimos siglos el curso efectivo del desarrollo social ha conducido hacia una creciente interdependencia de todos los grupos humanos. La creciente integración de la humanidad –la humanidad no sólo en tanto el plano de integración más amplio, sino también en tanto el más efectivo– se muestra en lo bueno como en lo malo. El entrelazamiento global de todos los Estados se expresa con bastante claridad en instituciones centrales globales que se encuentran en un nivel inicial de su desarrollo.

(…) Una de las singularidades de la situación actual es el hecho de que también en este plano la imagen del nosotros, la identidad como nosotros de la mayoría de los seres humanos, va muy por detrás del nivel de integración real; la imagen del nosotros va muy a la zaga de la realidad de las interdependencias globales y, por tanto, también de la posibilidad de que grupos humanos particulares destruyan el espacio vital común».

Elias, N.: La sociedad de los individuos, Península, 1990, p. 263

«Lo universal como realidad: con ello entiendo la idea de una interdependencia efectiva entre los elementos o unidades a partir de las cuales podemos configurar aquello que llamamos mundo. (…)En consecuencia, las figuras utópicas de universalidad y mundialidad, que proyectaban crear una cosmópolis o poner a la humanidad en relación consigo misma y a la vez emanciparla, como una figura simultáneamente natural y moral, pronto se volvieron obsoletas, sin objeto. No porque finalmente se hubiera confirmado imposible ligar entre sí las distintas partes del mundo en el seno de un espacio único, sino por el motivo exactamente contrario: porque esa reunión de la humanidad consigo misma ya fue efectuada, porque ya quedó a nuestras espaldas.»

Balibar, E.: «Los universales», en Violencias, identidades y civilidad,
Gedisa, 2005, p.157

Apropiarnos de nuestra interdependencia es el primer paso hacia un nuevo planteamiento de lo que puede ser hoy liberar la vida colectivamente.

«El hombre más libre es el que tiene más relaciones con sus semejantes»

Proudhon

«No hay cara a cara sino engranaje: dos experiencias que no coinciden pero que remiten a un mismo mundo. No hay sólo hombres y cosas sino intermundo: historia, simbolismo, verdad por hacer.»

Merleau-Ponty, M.: «Sartre y el ultra-bolchevismo»,
en Aventures de la dialectique, Gallimard, p. 284

Apropiarnos de nuestra interdependencia es una operación anónima porque no puede hacerse en nombre de nadie, ni siquiera de la humanidad. La humanidad da nombre a un principio abstracto capaz de colonizar y destruir el mundo. Nuestra interdependencia va más allá de nosotros mismos, de nuestros principios y de nuestros nombres propios. Por eso va más allá también de la gestión de nuestras vidas sostenibles.

«Creer en el mundo es lo que más nos falta»

G. Deleuze

Tacto

«Cada persona, retirada dentro de sí misma, se comporta como si fuese un extraño al destino de todos los demás. Sus hijos y sus buenos amigos constituyen para él la totalidad de la especie humana. En cuanto a sus relaciones con sus conciudadanos, puede mezclarse entre ellos, pero no los ve; los toca, pero no los siente; él existe solamente en sí mismo y para él solo. Y si en estos términos queda en su mente algún sentido de familia, ya no persiste ningún sentido de sociedad.»

A.Tocqueville

Nuestro retiro dentro de nosotros mismos está hoy superpoblado de imágenes, lecturas, informaciones, contactos, cuidados, mensajes, estímulos, etc. Pero el destino de los demás nos sigue siendo igualmente extraño, quizá más aún. Podríamos preguntarnos si es por ignorancia o por desconocimiento. Pero está claro que en la sociedad de la información hay pocas cosas que no sepamos. El problema es de otra índole. Con el desarrollo del capitalismo terapéutico, a pesar de la atención que dedica al cuidado y exaltación del cuerpo, ha culminado la anulación del sentido del tacto. Se trata de una mutación antropológica, si podemos llamarla así, que tiene una larga historia y que es de carácter político: consiste en la aniquilación del cuerpo como capacidad de tocar y ser tocado. Desde el cuerpo moralizado del cristianismo al cuerpo-máquina del cientifismo y llegando hoy al cuerpo-objeto (objeto de consumo y objeto de cuidados), hemos visto cómo se ha cerrado para nosotros la puerta al mundo que es nuestro propio cuerpo. Es una historia que no está suficientemente contada. Tenemos mundo porque somos un cuerpo. Un cuerpo siempre está implicado en lo que lo rodea, sea o no humano. Un cuerpo percibe, reacciona, se alimenta, se orienta, desea, rechaza… Y un cuerpo implica siempre otro cuerpo, aunque en su aislamiento pudiera quedar borrada para siempre la posibilidad de otra presencia.

«El cuerpo del otro y el mío son un todo, el derecho y el revés de un solo fenómeno de existencia anónima de la que mi cuerpo es en cada momento el trazo y que habita los dos cuerpos a la vez»

Merleau-Ponty, M.: Phénoménologie de la perception,
Gallimard, 1945, p. 408

Qué extraña expresión: «mirarse el ombligo». Siempre ha significado el cierre sobre uno mismo cuando el ombligo es la marca, sobre nuestro cuerpo, de que nuestra vida no es sólo nuestra. El ombligo es la señal de que es imposible ser un individuo.

«Dos círculos casi concéntricos que no se distinguen más que por un ligero y misterioso desencaje»

Merleau-Ponty, M.: «La percepción del otro y el diálogo»,
Prosa del mundo, p. 195

Aprender el anonimato y apropiarnos de nuestra interdependencia pasa por reconquistar, en nosotros, el sentido del tacto y con él nuestro cuerpo implicado en el mundo y con los otros. No es el sexo lo que ha hecho del tacto el sentido más pecaminoso, sino la potencia que tiene de mantener vivos e incontrolables los vínculos entre nosotros. Recuperar el sentido del tacto no pasa por apuntarse a una terapia sensorial. Pasa por ensuciarse juntos las manos con los asuntos más concretos y materiales de la vida. La política, incluso la más revolucionaria, ha tenido tendencia a dejarlas de lado a favor de los grandes principios y los macrorrelatos. Quizá no hay que preguntarse demasiado cómo vivir juntos sino empezar a hacerlo. La sociedad y todas sus terapias pueden empezar a tambalearse.

«Todas las distancias que los hombres han ido creando a su alrededor han surgido del temor a ser tocado. Nos encerramos en casas a las que nadie está permitido entrar y solo dentro de ellas nos sentimos seguros. El miedo allanador se configura como un temor no solo a la rapiña sino también a ser apresado repentina e inesperadamente desde las tinieblas. La mano, convertida en garra, es utilizada una y otra vez como símbolo de ese miedo.

(…) Cada hombre se afirma en un lugar determinado, y con sus gestos expresa eficazmente su derecho a mantener lejos de si todo cuanto se le acerque. Está allí como un molino de viento sobre una extensa llanura, lleno de expresividad y movimiento; hasta el próximo molino no hay absolutamente nada. La vida, tal como él la conoce, está hecha de distancias: la casa en la que encierra su propiedad y su persona, el puesto que ocupa, el rango al que aspira, todo sirve para crear, afianzar y aumentar esas distancias.

(…) Únicamente de forma conjunta pueden liberarse los hombres del lastre de sus distancias.»

Canetti, E.: Masa y poder, Mondadori, 2005, p. 69-74


1. Campaña publicitaria de Ikea, 2007.
2. Campaña publicitaria de Altea (SEAT), 2006.