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19.12.2002

La vida como acto de sabotaje

„Y si aún existe algo infernal y verdaderamente maldito en estos tiempos, es complacerse artísticamente en las formas, en vez de ser como unos condenados que son quemados vivos y que hacen signos desde la hoguera.“

A. Artaud

1) Llamamos Gran Transformación al conjunto de procesos económicos, sociales y políticos que han tenido lugar estos últimos 30 años, y cuyo resultado más evidente ha sido la pérdida de la centralidad obrera, es decir, la desarticulación de la clase trabajadora en tanto que sujeto político. El esquema “paso de la sociedad-fábrica a la metrópoli”, a la vez que es la narración de nuestra derrota, podría servir para describir dicha Gran Transformación si no fuera que parece esconder un proceso central y la novedad es, justamente, la ausencia de un tal proceso. Esa desfundamentación del esquema nos deja ante la homonimia de la realidad. Pero la homonimia de la realidad se da en el interior de su identidad con el capitalismo. En otras palabras. La Gran Transformación nos ha abocado a lo siguiente: cuando la realidad es única porque se confunde con el capitalismo, en el mismo momento, la realidad se dice de muchas maneras. Esos modos de decirse son las diversas formas históricas (esclavismo, fordismo, postfordismo…) hoy todas presentes simultáneamente.

2) El fascismo postmoderno contiene todas las formas históricas del capitalismo y, en este sentido, es su culminación. Hablar de neoliberalismo, de globalización etc. es, por tanto, insuficiente. Hablar de sociedad red es, a su vez, mistificador puesto que supone una concepción idealizada de la red. ¿Por qué fascismo postmoderno? Porque se trata de una movilización total de la vida para (re)producir una realidad que se nos impone como obvia. Esa movilización adopta dos modos distintos si bien complementarios. El primero es el propio ejercicio de la autonomía por parte del individuo: sentirse libre, tener un proyecto, buscarse a sí mismo… son las vías que permiten su efectuación. El segundo consiste en la imposición de la heteronomía: cárcel y Estado penal en general. Para explicar esta movilización con doble cara no se puede recurrir a explicaciones economicistas más o menos extrapoladas. No se trata de “autoimplicación en el trabajo” o de afectos “puestos al servicio” de la producción. Lo que ocurre es que el capital en tanto que selbstzweckmaschine (máquina que tiene el fin en ella misma) se ha trabado con la circularidad de la vida misma. Es simplemente viviendo como (re)producimos esta realidad obvia que nos cae encima.

3) La movilización total de la vida por lo obvio, el fascismo postmoderno, no supone el fin de la política. Ahora la política se continúa como guerra. Guerra contra todos los extranjeros y, extranjeros lo somos todos: basta quererlo. Pero la guerra es, antes que nada, la forma de neutralización de lo político. Ella es la que impide que el conflicto social adquiera una dimensión política. La movilización total inventa un enemigo interior y nos condena, pues, a una nueva guerra civil. De aquí que todas las quejas ante el déficit de política en la economía-mundo sean ridículas y que todos los intentos de reintroducirla mediante correcciones (desde los derechos universales, los nuevos contratos sociales hasta los impuestos sobre el capital especulativo) constituyan un engaño. En el fascismo postmoderno la única repolitización posible sería aquella que, por atacar la propia realidad, conllevara una politización general de la existencia. Creer, por otra lado, que se puede abrir una brecha mediante una nueva remitologización es un sueño que comporta demasiados peligros. A veces vale la pena tener en cuenta las enseñanzas de la historia.

4) Las frases que dicen nuestra actualidad: “¡No hay nada que hacer!”, “Estoy solo”… no pueden ser tergiversadas. ¿Dónde apoyarse para negar/invertir el capitalismo cuando coincide absolutamente con la realidad? ¿Qué denunciar cuando todo es y se ha hecho visible? En el desierto circular que habitamos reina lo obvio y ninguna diferencia (esencia/apariencia, auténtico/inauténtico…) llega ni siquiera a herirlo. Por eso entra en crisis el pensamiento crítico. Lo obvio no dice más que la tautología de lo real: la realidad es la realidad. Pero esa misma afirmación se pone como el fundamento que está detrás de la escisión entre el sentido y el no-sentido. Esta escisión se despliega así: el exceso de sentido – el sentido siempre es plural – permite que se realice la conjunción entre “lo creíble-lo pensable-lo que es” siendo , a la vez, su efecto; el no-sentido o su defecto es lo que se le opone. Lo obvio, por consiguiente, se halla tanto en la tautología de la realidad como en el imperialismo del sentido. El pensamiento crítico en su incapacidad sólo puede oscilar entre una revolución social que es la oposición de más sentido al sentido de lo obvio; o bien una rebelión absoluta (muerte, locura) que es la oposición de más no-sentido a lo obvio del no-sentido. Ambas vías no tienen salida.

5) La necesidad de un programa de subversión surge precisamente como consecuencia de esta doble imposibilidad y para hacer frente a la impotencia que genera el peso de la realidad. Se podría afirmar que allí donde naufraga el pensamiento crítico, allí empieza un programa de subversión. Un programa de subversión es, pues, aquel que subvierte la obviedad y ataca la realidad. Este ir más allá de la crítica va a requerir una estructura paradójica capaz de articular lo que “programa de subversión” en su simultaneidad dice: el objetivo y el proceso. Por esta razón un programa de subversión debe ser, a la vez, una estrategia de objetivos y un ejercicio de pensar contra el pensar. Este desdoblamiento interno entre lo que podríamos llamar fundamentación y desfundamentación, separa el programa de subversión del pensamiento crítico. El programa de subversión tiene que recoger, sin embargo, el núcleo esencial que confería radicalidad al pensamiento crítico: sólo el rechazo de la sociedad en su totalidad la muestra en su verdad.

6) El pensamiento crítico ponía en el centro el momento de la “toma de conciencia”. El trabajador hacía la experiencia de saberse fuerza de trabajo, es decir, mercancía, y este autoconocimiento implicaba el conocimiento objetivo de la esencia de la sociedad y su rechazo práctico. Se operaba así una modificación en el objeto (alienado) que devenía sujeto. El proletariado elevándose en la práctica de la lucha de clases más allá de su rol de objeto, perforaba el velo de la reificación que cubría la realidad. En el programa de subversión que debe actuar dentro de la identidad entre capitalismo y realidad, se produce un cambio esencial. Desaparece la “toma de conciencia” en la medida que la experiencia efectuada ya no es la de ser mercancía, sino la experiencia de ser una vida rota que se mantiene. Ser una-vida-rota-que- se-mantiene es tener una vida política, puesto que esa vida es justamente la única que bloqueando la movilización total muestra en qué consiste el fascismo postmoderno. Jamás se había desplazado el campo de batalla tan al interior del hombre ni la resistencia había alcanzado un grado tan elevado de radicalidad. Ahora es el cuerpo herido – y porque está herido – el que se resiste a la movilización que el poder impone. En estas condiciones, la vida misma se convierte en un acto de sabotaje. Por eso se puede afirmar que, borradas todas las alternativas, permanece una sola: la realidad o nuestro querer vivir. Más exactamente: la tautología de la realidad frente a la tautología del querer vivir, es decir, el querer vivir que llega a querer vivir rompiéndose.

7) La vida como acto de sabotaje es mi verdad. Mi verdad contra esa realidad que se impone desdoblándose siempre como la misma. Mi verdad contra la omnipotencia del sentido que no deja nada fuera. Desde mi verdad la referencia a la realidad pierde importancia y la necesidad de sentido aparece como cosa de supersticiosos. Hay que afirmarlo bien alto. Un programa de subversión tiene la necesidad de la verdad y es la propia verdad desplegándose. La vida como acto de sabotaje por ser la expresión de la reflexividad del resistir-se consiste en una acción que culmina y se agota en ella misma. De aquí que se pueda avanzar: la vida como acto de sabotaje, mi verdad, es un gesto. En tanto que gesto es la verdad que comparto.

8) Un programa de subversión es otro (juego de) lenguaje. El lenguaje que es capaz de atacar la realidad porque no funciona para el poder. Consta de un conjunto de palabras, imágenes… y acciones en general, que adoptan la forma de gestos. Y esos gestos se construyen sobre el modelo de la vida como acto de sabotaje. Pondremos tres ejemplos aunque, evidentemente, otros muchos pueden y deberán ser inventados. La okupación dice “esto es un espacio de vida (o liberado)” y, en el mismo momento, se neutralizan los códigos que configuran el espacio capitalista. De la misma manera que el gesto dadaísta “esto es arte” liberando el objeto de toda referencia al valor de uso, llevaba a cabo una subversión de la institución arte. Más allá de la neutralización, empiezan la resistencia, la reapropiación de la riqueza y la creación de un mundo. El movimiento de resistencia global si ha tenido éxito – y por eso ha sido atacado hasta llegar al asesinato – no es porque defendiese que “Otro mundo es posible” sino porque su gesto (“Esta reunión no se va a celebrar”) en su concretarse y ampliarse ponía el poder simplemente en ridículo. El dinero gratis es otro ejemplo aunque menos conocido. Con esta paradoja que socava el sentido común, se prolonga la tradicional crítica del trabajo pero esta vez en una sociedad atravesada por la precarización. El dinero gratis no debe confundirse nunca con una reivindicación. No se pide dinero gratis. Nos lo damos (colectivamente). El dinero gratis es un grito que, siendo el nombre del malestar social, pertenece a todos y a nadie.

9) El gesto subversivo (la okupación, la resistencia global, el dinero gratis…) se mostrará siempre como un sabotaje del orden. Y está bien que así sea. Pero el sabotaje no debe encerrarse en el estrecho marco de la provocación. La provocación si se repite, en seguida, cansa, aburre y deja de ser eficaz. El gesto subversivo tampoco debe reconducirse a la mera transgresión, ya que ésta afianza el límite que justamente quiere superar. Finalmente, no hace falta recordarlo, el gesto subversivo no se confunde con la negación que, por permanecer en el ámbito del sentido, requiere siempre su propia justificación. Estos tres modos de aprisionar el gesto subversivo tienen en común concebir el gesto como algo que espera ser descifrado. Y aquí está el error. La vida como acto de sabotaje, el modelo del que hemos partido, no es un signo por cuanto es ajeno a toda correlación entre significante y significado. El gesto subversivo es una expresión directa del querer vivir, y su fuerza es la propia de la ambivalencia cuando ésta ha sido empleada – por el mismo querer vivir – para producirse como desafío. El gesto subversivo ni ilumina ni despierta: actúa cuerpo a cuerpo.

10) No se pueden describir todos los gestos subversivos que, todavía por inventar, forman ese otro (juego de) lenguaje. Un programa de subversión, precisamente por su carácter paradójico, es necesariamente incompleto y siempre abierto. Lo que sí puede hacerse es establecer cuál es su gramática. La gramática consistiría en la descripción de los usos que tiene un determinado gesto. Comprender un gesto sería entonces saber cómo se usa. Poder emplearlo. El significado del gesto residiría así, pues, en el propio lenguaje, que estaría continuamente (des)haciéndose. La gramática, la regla de ese otro lenguaje ya en concreto, no sería más que la forma lógica del gesto que hemos tomado como modelo. La forma lógica de la vida como acto de sabotaje es la unilateralización. La unilateralización, por su parte, es la interrupción y multiplicación de dimensiones1. La unilateralización no es un algoritmo que se aplica siempre de la misma manera. Al contrario, se trata de “seguir una regla” lo que comporta cada vez una decisión nueva.

11) Una gramática de los gestos subversivos será en todo momento arbitraria porque no tiene fundamento alguno y porque, además, no tiene que dar cuenta de la realidad ni le importa su descripción. Su función es hacer eficaz la guerra contra la guerra. Un programa de subversión es, por tanto, una gramática sin ontología. Los gestos, aunque se quieran subversivos, son solo gestos. Pero los gestos pueden contagiarse abriendo una travesía del nihilismo. Los gestos pueden también constituirse en ritmo y dar lugar a espacios del anonimato. Travesías del nihilismo y espacios del anonimato deben encontrarse para que la realidad empiece a ser desfigurada. En el fondo se ha producido una simplificación increíble. Nuestro único problema es la realidad, o mejor dicho: la destrucción de la realidad. Además sabemos cómo hacerlo porque habitamos en la verdad. ¿No es eso lo que significa programas de subversión? Se trata solamente de que ese otro lenguaje empiece a hablar por sí mismo y que profundice sin descanso en su provisionalidad. Con todo aunque la verdad nos haga libres, nuestra mirada sobre el mundo será siempre desesperada.


1. Para una mayor concreción me permito remitir a mi libro Horror Vacui. La travesía de la Noche del Siglo. Editorial XXI Madrid. 1996 y a El infinito y la nada. El querer vivir como desafío (de próxima publicación en la editorial HIRU).