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19.12.2002

Testaruda potencia
El materialismo creativo contra sus límites

Este texto responde al interrogante planteado por los coordinadores de esa carpeta sobre los límites del materialismo creativo. Una pregunta sobre la pregunta se plantea. ¿Por qué hablar de límites de una ontología (o, para ser más precisos, de un materialismo) creativos? ¿Qué tipos de indagación subtienden la búsqueda de los límites, ya sean transcendentales o puramente filosóficos –esto es, relativos a las aporías o la debilidad de sus conceptos– del «otro» materialismo de la situación contemporánea?

Recordemos, en primer lugar, los lemas –o si se quiere, los «programas de subversión» ontológica– que dan fisonomía polifónica a esta constelación de pensamientos: la formación de una sensibilidad que alcanza una unicidad sin aura en lo que es reproducible artificialmente (esto es, la producción de un cuerpo del intelecto general masificado o la nueva encarnación de los lenguajes); la donación de todo su esplendor potente a la multiplicidad de las singularidades corpóreas que habitan un plano de inmanencia, esto es, aquel plano siempre construido en el que una vida –toda ella singularidad, toda ella haecceidad– se hace; la imputación, a cada una de las singularidades absolutas y siempre comunes de la multitud del trabajo vivo, de la constitución de la libertad y la innovación de y en lo eterno, esto es, en el ser (temporal) acontecido; la pragmática existencial que posiciona factores ontológicos, a la búsqueda del acontecimiento de conjunción entre una cartografía enunciativa y una toma de ser siempre precaria, cualitativa e intensiva. Ante este cuadro, una primera interrogación acerca del límite se revuelve inmediatamente contra sí misma, interrogando a la noción misma de límite que pretendemos aplicar a los andamiajes del materialismo creativo. Entendámonos: precario y maldito, en la difícil historia del materialismo creativo encontramos un rasgo que, por encima de toda consideración trágica, entrega todo el pundonor ético que precisa en su hacerse creativo el modo finito: atreverse siempre a hacer de los límites sólo obstáculos, a usar la violencia del pensamiento (ontológica, pues) para conquistar a la vida común de las multiplicidades aquello que cualesquiera formaciones transcendentales o transcendentes imponen como límite o, dicho de otra manera, como recordatorio o prescripción de muerte. Valga por todos el terrorífico: «No sabemos lo que puede el cuerpo».

Sucede, sin embargo, que este materialismo, la instancia del modo finito y la singularidad, se vea tachado, como sus infieles ancestros, tanto de inoportuno provocador que tira la piedra y corre como, y esto es más común en la sociedad filosófica, de imbécil o tonto del pueblo digno de conmiseración y burla1. Ahora bien, nos interesan aquí las destituciones (bien diferentes y estimables) del gesto materialista que ven en éste una modalidad terminal, crepuscular, del discurso de la metafísica, una tentativa –necesariamente fallida– de dar cuenta del modo finito y de sus envites de constitución en una época que presenta sobreabundantemente los caracteres de un nihilismo en interminable expansión y cuya resolución (en el pensar, en la política, en la «vida») queda, sin embargo, siempre suspendida. Nihilismo, esto es, la continua declinación insatisfecha de un «no hay nada que hacer», el debilitamiento irreversible de todas las constantes (fundamento, sentido, proyecto, colectivo) que permitirían a un sujeto hacerse y desplegarse en y/o contra el mundo constituido. La derrota del comunismo antisocialista de los movimientos proletarios autónomos durante las décadas de 1970 y 1980, la reestructuración del capitalismo –que habría destruido, salvo como figura caricaturesca, todo contorno real y/o posible de un «nosotros» de clase– y su progresiva identificación con la realidad a secas dictaminarían con suficiente elocuencia el rango de las posibilidades del modo finito en el terreno histórico. El agotamiento de lo posible, la gelificación del mundo, la travesía nocturna de un desierto circular sin referencias ni dimensiones apuntalarían esta situación del modo finito en el ámbito de la fenomenología mundana2.

En exceso creyente, incapaz de colocarse –y desplazarse– ante las aporías que el pensamiento crítico encuentra en su autoposición, el materialismo creativo se revolvería impotente en la «jaula de lo posible», subsumido en el dispositivo histórico y sistémico de la metafísica. Pensaría, aún, el orden, moviéndose impotentemente entre sus alternativas metafísicas de constitución, condenado, en las prisiones de lo posible, a reiterar la «palabra tautológica» del ser, enfangado en los meandros de las constelaciones de ser, poder y nada. Ante este cuadro, intentaremos expresar, a la luz de estas destituciones, el pundonor subversivo y la capacidad de aferrar la situación contemporánea desde el punto de vista de la vida de los cuerpos-cerebros y de sus ocasiones de constituirse, desafiantes, en la desmesura de la liberación, en la alegría de la común singularidad.

El «experimentum crucis» que nos permita resistir a las sirenas del nihilismo se juega, a nuestro modo de ver, en la consistencia agresiva (esto es, a la apertura transversal que su capacidad de construir problemas determina constantemente) que logremos dar a la sintaxis de una serie de expresiones clave: vacío, inmanencia, teleología de las singularidades comunes, potencia, acontecimiento, tiempo constitutivo, decisión, pragmática de la existencia, procesos de subjetivación, metamorfosis, monstruosidad, éxodo. Ahora bien, no iremos muy lejos si damos por buena la tesis que ve al modo finito o, para ser más precisos, al operador del querer vivir poniéndose como diferencia entre ser, poder y nada, como encrucijada que articula estas tres perspectivas en distintas coyunturas. En cuanto tal pues, el querer vivir no es, sino que, a su pesar, sostiene y activa las configuraciones del orden. Ahora bien, hemos de preguntarnos cómo esto puede ser posible y bajo qué condiciones de posibilidad la diferencia diferenciante, la insistencia, resistencia y autonomía del modo finito (querer vivir) redundan irremisiblemente en la conservación del orden, revitalicen una y otra vez el cadáver de la metafísica y, por ende, de la política y el discurso políticos que le son intrínsecos. Comprobaremos así que una concepción fuertemente termodinámica del tiempo, el ser y, mediatamente, del poder se encuentran con una predicación nihilista del querer vivir. De tal suerte que éste no es sino una irrupción desde la nada, un producto de su gelificar-fluctuar que logra sostenerse activamente. Ahora bien, no podrá hacerlo encomendándose al tiempo, toda vez que éste consiste en el separarse de dos tipos de sucesiones que convergen en otros tantos estados atractores: el ser, como círculo de la conservación, como curvatura del tiempo; el poder, como adyacencia, secuencialización de la presencia mediante la operación del contar, de tal suerte que la experiencia del tiempo se presenta como la yuxtaposición de sucesión y devenir, como el separarse del ser y el poder en el pasar. De este modo, pues, la insistencia, el proyecto, la autonomía de este querer vivir, dándose en el tiempo tan sólo funciona como operador termodinámico de mutación de las coyunturas ser-poder-nada, convirtiendo, por así decirlo, su variación y fluctuación en intensidades de autoafirmación, transcendentalmente abocadas a funcionar como activadoras-reproductoras de la mismidad del orden. De ahí que, para este pensamiento, poco más que enconados y voluntaristas cabezazos contra el muro del sistema termodinámico que forman ser-poder-nada sean las invocaciones a la multiplicidad de las modalidades de temporalización (vg. tiempo-medida y tiempo del acontecimiento (kairós), tiempo pulsado y numerado y tiempo-potencia numerante). Ahora bien, esta sutura del tiempo a un esquema que lo concibe como operación de formalización cibernética de la fluctuación termodinámica encarnada por el querer vivir (paralela a una postulación del momento como suspensión por autoplegamiento de este mismo tiempo) no es aceptable. Tampoco lo es la deducción del modo finito a partir de la fluctuación de una nada anonadante.

Y sin embargo, ¿tememos por ello al vacío y a la muerte, o a no tener suelo bajo nuestros pies?. Se acusa, pese a todo, al o a los materialismos creativos de encomendarse e invocar a fin de cuentas al ser latente (la inmanencia, la potencia, lo posible, el sujeto constituyente, lo virtual…), al ser primordial –y figura de lo Absoluto– que hace las veces de Otro «permanente» de la situación contemporánea y, por ende, de no dejar de ocupar el lugar de orden en el «espacio localizante» de la Metafísica: en la medida en que el modo finito se hace «otro», sujeto al «mismo» (y de tal suerte pretende convertir su querer vivir debilitado en operador de renovación de las posibilidades de vida), su dinámica endógena de autoafirmación es directamente proporcional al acumularse de la espera, a la construcción, una vez más, de la cárcel de lo «posible», al hundimiento en la temporalidad antes/después. Tiempo del miedo, pues «sólo el que espera tiene miedo a la muerte». Sujeto y posible formarían el par de instancias concomitantes de este dispositivo.

Otra es la historia. Nada puede sustraernos a una disposición de amor en/al vacío, como materialistas. Al vacío nos lleva, irremediablemente, la desmesura y el generar de los cuerpos que se hacen, nombrándose, comunes, resistiendo y creando (contra toda medida del ser, transcendente o transcendental) en un campo materialista en el que la búsqueda lleva al encuentro con el tiempo-kairós del acontecimiento en el que, una y otra vez, una decisión, en el borde del ser acontecido, se plantea, irremediablemente. Si postulamos la desmesura –y con esta, ciertamente, una condición paradójica y de ambivalencia– no lo hacemos inspirándonos en un presupuesto negativo, entrópico, de la consistencia del modo finito, sino, por el contrario, en la insistencia afirmativa de los modos, en su violencia generativa, amorosa. De ahí que nos atrevamos a postular, contra el nihilismo, que hay (esto es, que cabe pensar y hacer en el pensamiento) un telos materialista3, un telos del generar –y este es, por cierto, uno de los pocos esquemas transcendentales que podemos soportar. Este generar es amoroso y, por lo tanto, no indiferente a las alternativas de constitución del cuerpo común, a las ordenadas intensivas de la metamorfosis. Esto es la ética. Si, en cierto modo, desde este punto de vista la existencia no es un problema, no por ello se torna, a veces, menos insostenible. Pero lo hace por desmesura, no por penuria. Porque la consistencia y composición de la heterogeneidad de los modos sea, en situación, inviable, no porque lleven, en su ontogénesis, un sello siempre acuciante de autoabolición, de retorno a la nada. Al fin y al cabo, nos es dado reapropiarnos del ser (metamorfoseándolo, en el lenguaje y en la vida), cuando, desuturando su configuración a toda modelización y límite que lo subordinen a constantes y sistemas físico-matemáticos, lo practicamos como modulación de consistencia maquínica y ritmo de montaje y desmontaje de las concatenaciones entitarias y de los procesos de subjetivación.4 Sin embargo –y esto, qué duda cabe, cuesta horrores pensarlo–, este mismo ser es eterno, sólido, feliz e irreversiblemente acontecido.


1. Véase, sobre esta historia, Paolo Virno, «I rompicapi del materialismo», en Il filosofo in borghese, Roma, Manifestolibri, 1992, pp. 57-66.
2. De aquí en adelante hacemos referencia, ciertamente, a los importantes trabajos de Santiago López Petit, Entre el ser y el poder. Una apuesta por el querer vivir, Madrid, Siglo XIX, 1994 yHorror vacui. La travesía de la Noche del Siglo, Madrid, Siglo XIX, 1996.
3. Véase, sobre este telos, Antonio Negri, Kairós, Alma Venus, Multitudo, Roma, Manifestolibri, 2000.
4. Sobre esto, véase Félix Guattari, Référence et consistance, seminario del 05/05/1987, en http://www.revue-chimeres.org/guattari/guattari.