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03.09.2013

De la declaración soberanista a Víctor Balaguer (y viceversa)

La historia genealógicamente dirigida, no tiene como finalidad reconstruir las raíces de nuestra identidad, sino por el contrario encarnizarse en disiparlas; no busca reconstruir el centro único del que provenimos, esa primera patria donde los metafísicos nos prometen que volveremos; intenta hacer aparecer todas las discontinuidades que nos atraviesan.

Foucault, M., «Nietzsche, la genealogía, la historia» en: Microfísica del poder, Madrid, Ediciones de la Piqueta, 1992, p. 27.

El poble de Catalunya, al llarg de la seva història, ha manifestat democràticament la voluntat d’autogovernar-se, amb l’objectiu de millorar el progrés, el benestar i la igualtat d’oportunitats de tota la ciutadania, i de reforçar la cultura pròpia i la identitat col·lectiva. L’autogovern de Catalunya es fonamenta també en els drets històrics del poble català, en les seves institucions seculars i en la tradició jurídica catalana. El parlamentarisme català té els seus fonaments en l’edat mitjana.1

Primeras líneas del preámbulo de la Declaración de Soberanía aprobada en el Parlament de Catalunya el 23 de enero de 2013.

El pasado 23 de enero de 2013 el Parlament de Catalunya aprobaba la Declaración de Soberanía que reconocía a Cataluña como sujeto político y jurídico soberano y reivindicaba el derecho a decidir del pueblo catalán. Más allá de cuestiones partidistas, lo que resulta sumamente interesante y llamativo desde el punto de vista de un historiador, es, sin duda, el preámbulo del texto aprobado.

El texto se apoya en un determinado «itinerario histórico» [sic] que brinda la legitimidad histórica necesaria a sus demandas. Así pues, una línea de trazo firme (y grueso) conecta las asambleas de Pau i Treva del siglo XI, les Corts Catalanes, la Generalitat histórica, la Mancomunitat de 1914, la Generalitat republicana o la Assemblea de Catalunya de 1971. Asimismo hechos como el Decret de Nova Planta de 1716, la lucha antifranquista o las manifestaciones del pasado 11 de setiembre, son también ingredientes necesarios de este «itinerario histórico», a través del cual se nos explica quiénes somos, cómo hemos llegado hasta aquí y qué tenemos que hacer ahora.

Resulta chocante observar cómo, sea lo que sea lo que se pretenda justificar, los fundamentos esenciales sobre los que se sostiene la Cataluña-nación, creados por la literatura romántica catalanista del siglo xix, continúan en gran parte vigentes en el discurso actual. A saber:

  • El pueblo catalán es un ente espiritual y supraindividual, que piensa, actúa y tiene la voluntad propia y homogénea de autogobernarse.
  • La historia es el instrumento legitimador de nuestras aspiraciones actuales y el lugar donde hallamos las raíces (políticas, culturales e incluso espirituales) de la nación. Al igual que en los movimientos románticos, la atracción por la historia reside en su capacidad para generar cohesión interna, despertar emociones e identificación colectiva. Su misión no es dar a conocer fría y racionalmente el pasado, sino articular un itinerario histórico creíble que pueda despertar sentimientos colectivos de pertenencia.
  • A partir de una serie de corporaciones de origen medieval (las asambleas de Pau i Treva, las Corts Catalanes o la Generalitat histórica) se pretende justificar que la democracia y el parlamentarismo forman parte consustancial del espíritu del pueblo de Cataluña.

Sin menospreciar el funcionamiento de las instituciones históricas catalanas, el anacronismo en el uso de los términos es evidente. Quien afirma cuenta con el prejuicio (juicio previo) del espectador-lector, quien ya posee una noción moderna del concepto de democracia o parlamentarismo (basada en la soberania nacional, el sufragio universal, etc) condiciones del todo inexistentes (y extemporáneas) en estas instituciones. Esta confusión queda reforzada de forma intencionada al recuperarse la terminología medieval (que no la institución) para organismos propios del siglo xx, como es el caso de la Generalitat, pese a poseer una misión y un funcionamiento totalmente diferentes.2

Del preámbulo se deslindan también ideas-fuerza que, aunque de matriz romántica, han sido construídas con posterioridad. Por ejemplo que la Dictadura es exógena al carácter del pueblo de Cataluña. Si seguimos la lógica seguida por el discurso del preámbulo hasta ahora esta verdad es evidente, pues el pueblo catalán es esencialmente democrático:

La dictadura [franquista] va tenir una resistència activa del poble i el Govern de Catalunya. Una de les fites de la lluita per la llibertat és la creació de l’Assemblea de Catalunya l’any 1971.

No cabe pues, preguntarse por la participación activa y los apoyos (no sólo financieros) de insignes catalanes a las dos dictaduras militares del pasado siglo xx, la de Primo de Rivera y la de Franco. Por otra parte resulta llamativo que, de todas las expresiones del antifranquismo, el preámbulo elija mencionar a la Assemblea de Catalunya, cuyas actividades son perfectamente asumibles por los firmantes de esta Declaración, quienes de hecho se consideran sus principales herederos ideológicos (implícitamente es una forma de reconocimiento autorreferencial que genera la legitimación histórica necesaria para hacer aquello que ahora, hay que hacer). Por otro lado resulta difícil no esbozar una sonrisa cuando se sitúa en una misma línea de continuidad temporal, exenta de fracturas, la Assemblea de Catalunya y la vuelta del presidente de la Generalitat en el exilio, operación orquestada por Suárez precisamente para arrebatar la dirección del proceso de recuperación de la autonomía a dicha Asamblea.

El preámbulo continúa señalando y remarcando hitos históricos del período democrático hasta llegar al momento presente. Todo ello en definitiva conforma un continuum historico unívoco en el cual el protagonista, sujeto político y jurídico, es «el poble de Catalunya»; y sus señas de identidad y su finalidad teleológica, históricamente determinada y siempre democráticamente manifestada, tambien: la voluntad de autogobernarse.

Sin embargo ¿Cuándo se originaron los materiales con los que se ha construido este relato? ¿Cabe pensar que tengan su origen en la época medieval, como se indica en el preámbulo?

Como ya hemos adelantado fue a mediados del siglo xix, hace apenas 150 años, cuando se conformará este discurso con pleno conocimiento de causa. No es que anteriormente no existiesen estudios sobre aspectos concretos de la historia de Cataluña, sólo que no se harán con la finalidad de forjar una identidad común y colectiva. Será el momento en que se publiquen las primeras obras monumentales de la historia nacional catalana.

Bajo la influencia del Romanticismo europeo serían muchos los autores y las obras que darían forma a este relato histórico, desde historiadores como Antoni de Bofarull hasta Rubió i Lluch, pasando por juristas como Duran i Bas, aunque el movimiento será eminentemente literario, al menos durante toda la segunda mitad del siglo xix. Basta echar un vistazo a los ganadores dels Jocs Florals que se comenzarán a representar en 1859 como parte del fenómeno de recuperación de la tradición catalana que supone La Renaixença. A principios del siglo xx el nacionalismo catalán se cohesionará como movimiento político bajo la égida de Prat de la Riba y sus continuadores, Puig i Cadafalch y Cambó. En los años treinta será ya un movimiento político y cultural de masas, con una mayor raigambre popular, liderado por Macià y Companys.

Sin embargo, si observamos con detenimiento las bases históricas y filosóficas que se asentaron en la segunda mitad del siglo xix, y leemos el preámbulo de la Declaración de Soberanía, veremos que las raíces del discurso identitario no han variado demasiado en todo este tiempo. La tradición histórica y jurídica sigue jugando un papel fundamental en la especificidad de la identidad catalana, y, como advertía Hobsbawm en La invención de la tradición, no podría concebirse la nación sin vinculación alguna con la tradición, ya sea ésta real o inventada. En el caso catalán podemos asegurar dos cosas: a) que el proceso de formulación y ensamblaje de una tradición histórica propia en Cataluña se valdrá en ocasiones de mixtificaciones y engaños; b) que asimismo el proceso por el cual buena parte de la población asumirá progresivamente el discurso elaborado por una élite intelectual y política, no será ni mucho menos un proceso natural, sino fruto de mucho esfuerzo y planificación. Ambas aseveraciones pueden constatarse a través de la obra de Víctor Balaguer (1824-1901).

La figura de Balaguer se halla en el centro de la tradición romántica catalana. Este escritor, historiador y periodista, será uno de los principales divulgadores de la tradición y la historia pasada de Cataluña. Su propósito fue redescubrir Cataluña para los catalanes. Para ello contó con trabajos eruditos previos (como los de Capmany) y con su propia pericia personal, que le llevará en ocasiones a rememorar el pasado de una Cataluña hecha a su imagen y semejanza. No en vano son tiempos en los que el sentimiento y la emoción (¿Qué es sino la patria?) están mejor valorados que la razón. Así, rescató del olvido a Joan Sala «Serrallonga», un bandolero del siglo xvii, que en sus manos pasó de ser un vulgar salteador de caminos a un héroe popular con tintes de leyenda, de mentalidad liberal, como el propio Balaguer.

En palabras de Joan Cortada (quien había facilitado la documentación histórica sobre el personaje a Balaguer), Serrallonga era un campesino, no un noble venido a menos, tampoco era un jefe político, como aseguraba Balaguer y, asimismo, Cortada albergaba serias dudas respecto a la finalidad política e ideológica que Balaguer atribuía a las actuaciones del personaje y al bandolerismo catalán como fenómeno global.3

Balaguer tratará de escabullirse durante un tiempo argumentando que en realidad se refería a otro Serrallonga. Aquello no cuajará, sin embargo no será óbice para que se muestre así de tajante ante ésta y otras críticas contra la rigurosidad histórica de sus obras:

Habrá días en que mis lecciones parecerán una novela. Sin embargo protesto desde este instante y afirmo que nada novelesco hallará cabida en mis lecciones. Procuraré amenizar estas cosas como pueda y nada más. Si hay hechos que por si solos son un cuadro, yo no haré más que ponerle un marco al cuadro. Poetizar, dramatizar un hecho no es mentir ni anovelar, como no es falsificar un pasaje histórico, el que un pintor dé expresión a los rostros, color a los trajes y vida a las personas.4

El concepto de historia se hallaba aun, a mediados del siglo xix, a mitad de camino entre la literatura y la ciencia social, quizá por ello las voces críticas fueron ahogadas y la mítica figura de Serrallonga pasó rápidamente a formar parte del acervo histórico-cultural del relato identitario catalán.

Un ejemplo que ilustra nuestra segunda aseveración (la identidad nacional se asume en buena parte gracias a un esfuerzo planificado de unas élites políticas y culturales), lo podemos encontrar en las calles de Barcelona.

El discurso identitario catalanista va a ser impulsado definitivamente en unos años de gran desarrollo de la ciudad de Barcelona, auspiciado por la nueva burguesía urbana e industrial que se concentra cada vez en mayor número en la capital catalana. El exponente más claro del crecimiento económico y demográfico que vivirá la ciudad, va a ser la construcción de l’Eixample (ensanche) barcelonés, que será proyectado por Ildefons Cerdà en 1859.

En su trazado original Cerdà bautizará las calles con números y letras, al modo de las avenidas neoyorquinas. Sin embargo Víctor Balaguer, quien ejercía como cronista de la ciudad, decidido a intervenir, planteará a las autoridades la ocasión que esto suponía para difundir y dar a conocer las gestas y glorias pasadas de la nación catalana. Su propuesta convenció y en 1863 le fue encargada la realización de un nomenclátor para las nuevas calles de la ciudad. Aunque no todos los nombres propuestos por Balaguer fueron aceptados, una simple mirada a un mapa actual de l’Eixample, nos permite constatar el éxito de su empresa.

Paralelas al mar emergen las instituciones históricas del autogobierno: les Corts Catalanes (Gran vía de), la Diputació (del General o Generalitat medieval), el Consell de Cent; a ellas vienen a cruzarse, perpendiculares, los grandes héroes de la expansión imperial por el Mediterráneo de los siglos xiii al xv, los caudillos almogávares Roger de Flor, Entença (Berenguer de), Rocafort (Bernat de), Roger de Llúria y Vilamarí (Bernat de). (¿Acaso importa que todos ellos fuesen mercenarios a sueldo de la corona?). Asimismo veremos aquellos territorios que Pau Casals llamó «las primeras naciones unidas del mundo»: Cataluña (rambla de), Aragón, Valencia, Mallorca, y las lloradas Rosselló y Provença. Perpendicular al mar las posesiones de ese imponente imperio marítimo: Còrsega, Nàpols, Sicília o Sardenya. También se encuentran representados ilustres cronistas como Muntaner (Ramon) o Pujadas (Jeroni). Así como algunos de los representantes políticos de la resistencia catalana del siglo xvii: Pau Clarís, Tamarit (Francesc) o Fontanella (Joan Pere); y del siglo xviii: Casanova (Rafael) y Villarroel (Antoni de). La Guerra del Francés por su parte será recordada a través de algunas de sus grandes batallas: Bruc, Girona o Tarragona. También tendrán cabida los hombres de la cultura, aquellos que con sus letras o con su genio artístico han contribuido a forjar la identidad catalana a lo largo de los siglos: escritores como Balmes (Jaume), Aribau (Bonaventura Carles) o Ausias March, pintores como Viladomat (Antoni de), e incluso oscuros personajes como el aventurero y espía Domingo Badía, quien convertido al islam recibiría el nombre de Alí Bey.5

L’Eixample deviene así un ejemplo palmario de cómo puede inscribirse con éxito un determinado imaginario nacional en el inconsciente colectivo.

Aun así Balaguer se lamentaba:

A estar continuados los diez o doce nombres más, que hubieron de suprimirse por causas que no son de este lugar, el lector hubiera podido juzgar de como el plan que nos habíamos propuesto era completo, y de cómo se había procurado no olvidar ninguna representación gloriosa para dejar bien dibujada la fisonomía histórico-política de Cataluña.6

Al modo en que los capiteles románicos o góticos de las iglesias medievales se utilizaron para mostrar (y adoctrinar) en los distintos pasajes de la historia sagrada a un pueblo analfabeto, las calles de l’Eixample se convierten gracias a Balaguer en el medio más adecuado para dar a conocer un glorioso pasado común a los habitantes de la ciudad. El relato histórico nacional quedaba ahora perfectamente serigrafiado sobre una retícula de calles perfectamente dispuestas. Al fin se hace posible caminar, literalmente, sobre el continuum histórico que forjaría nuestra identidad colectiva. Este hecho nos permite apreciar, aun hoy día, como la construcción de la nación fue una tarea reservada a los grandes hombres. Hombres guerreros, militares y políticos; hombres ilustres, de la alta cultura y de las artes. En ningún caso hay lugar para las mujeres en la construcción nacional. Ni una sola calle de l’Eixample está dedicada a una mujer. Tampoco hay espacio para las clases populares (tan bien representadas en calles de la Ciutat Vella como sombrerers, assaonadors, corders o flassaders); ese «poble català» al que se alude constantemente tanto en la literatura y la política pasadas, como en la actual, queda casi como un formulismo jurídico, vacío de todo contenido.

No obstante la vinculación entre urbanismo y construcción nacional no es exclusiva del «espíritu catalán». Prácticamente en las mismas fechas (1860) el plan Castro proyectaba en Madrid el barrio de Salamanca. Un ensanche en el que, también de forma reticular, se localizarán, con similar intención, los principales protagonistas de las gestas que forjaron las esencias de la nación española: desde héroes comuneros como Juan Bravo o Padilla, hasta conquistadores como Núñez de Balboa o Diego de León, pasando por artistas como Goya o Velázquez, y Generales liberales o conservadores como Díaz Porlier Pardiñas, Narváez, O’Donell o Serrano.

Las motivaciones político-ideológicas de una burguesía en franco auge, junto con las propias necesidades urbanísticas y la voluntad de construir un imaginario identitario colectivo, van a dar como resultado ensanches como los de Barcelona o Madrid, o ampliaciones urbanísticas como las del Barón Haussman en París.

El último tercio del siglo xix será testigo de la transformación física y simbólica de la ciudad, a partir de proyectos que, desde un ideario nacional y de clase que haría las veces de plano, buscarán materializarse a través de trazados ideológicos, derribos clasistas, diagonales políticas y retículas identitarias, haciéndose así cotidianos en la sociedad.


 1. «El pueblo de Catalunya, a lo largo de su historia, ha manifestado democráticamente la voluntad de auto-gobernarse, con el objetivo de mejorar el progreso, el bienestar y la igualdad de oportunidades de toda la ciudadanía, y de reforzar la cultura propia y la identidad colectiva. El autogobierno de Catalunya se fundamenta también en los derechos históricos del pueblo catalán, en sus instituciones seculares y en la tradición jurídica catalana. El parlamentarismo catalán tiene sus fundamentos en la edad media.»
2. Originariamente la Diputació General o Generalitat se reunía sólo cuando no lo hacían las Cortes y tenía una función principalmente fiscal. Sus representantes eran sólo tres, uno por cada uno de los tres brazos (eclesiástico, militar y real o ciudadano) y se elegían por el método insaculatorio.
3. La polémica entre estos dos autores puede seguirse en: Ghanime, A., Joan Cortada: Catalunya i els catalans al segle xix, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1995, pp. 156-168
4. Balaguer, V., Bellezas de la historia de Cataluña, Barcelona, Narcís Ramírez, 1853, vol. I, pp. 18-19 cit. en: Balcells, A. [ed.]., Història de la historiografia catalana, Barcelona, Institut d’Estudis Catalans. Secció Històrico-Arqueològica, 2003, p. 143.
5. Información más detallada en: Palomàs, J; «Víctor Balaguer i la toponímia identitària: la formació del primer nomenclàtor de l’Eixample de Barcelona», en: Casassas, J. [coord.]. Les identitats a la Catalunya contemporània, Barcelona, Galerada, 2009, pp. 293-317.
6. Balaguer, V; Las calles de Barcelona. Tomo I, Barcelona, Establecimiento tipográfico editorial de Salvador Manero, 1865, p. 19.