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03.09.2013

Somiatruites:
cuatro notas sobre la cultura y sus nombres

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Dice Hannah Arendt en La crisis de la cultura que «una crisis nos obliga a volver a las preguntas y requiere de nosotros respuestas, nuevas o viejas, pero en todo caso juicios directos. Una crisis sólo deviene catastrófica si respondemos con ideas hechas, es decir, con prejuicios». Vayamos, entonces, a los juicios directos, todo comienza con la pregunta: ¿por qué la independencia moviliza más personas que la crisis económico-social? ¿Por qué habría más gente que estaría dispuesta a luchar por una patria antes de hacerlo para salvaguardar las vidas de sus conciudadanos? Las siguientes reflexiones proponen más dudas que respuestas.

Preámbulo: el lenguaje y la opinión pública

De la misma manera que la política, en manos de corporaciones financieras, oficialmente ha dejado de pertenecernos, el lenguaje también lo ha hecho y decimos «Estado», «Nación», «Libertad», «Identidad», desde un lenguaje que ha perdido toda referencialidad, sentido y significado posibles. Gracias a los políticos y a los medios de comunicación de masas, las palabras se han vuelto eslóganes que brillan en pantallas mediáticas a la manera de somníferos aplacantes en un plató sin escapatoria ni escrúpulos posibles. El lenguaje (como las ideas que vehicula) se ha convertido en una moneda sin valor real que pasa de una boca a la otra, víricamente, como lo hace la mercancía en una cadena de producción, sin capacidad de transformar la realidad a la cual nombra, dejando intactas las estructuras mentales y sociales. El lenguaje se replica de tuit a tuit, se calca, como si se tratara de una vaina vacía. Cada vez hay más trending topics y menos lugares comunes de importancia real que aglutinen a las comunidades. Los medios de comunicación han convertido el tema de la «independencia catalana» en un estado de opinión permanente sin buscar ninguna otra cosa que generar opinión, esto es, atención ciudadana permanente, es decir, espectadores, clientes. Nuestra opinión trabaja para los medios, que nos la devuelven masticada y anulada.

«El individuo» y el «racionalismo»

Los políticos han convertido a los ciudadanos en el hombre sin atributos que dibujaba Musil hace casi un siglo, una pura estadística («más de 6.000.000 de parados», «1.000.000 de personas claman la independencia a las calles»…). Catalunya se presenta como la nueva Kakania de Musil en un contexto donde la «Acción Paralela» toma más fuerza que nunca: un acontecimiento que en la novela quiere contraponer los treinta años de monarquía de Guillermo II al 70 aniversario del emperador austríaco Francisco José, aunque a lo largo de la novela no se sabe bien de qué trata la acción. La independencia catalana es también nuestra Acción Paralela, donde cada uno la toma por cuenta propia y la justifica con fines diversos. Acción Paralela también respecto al contexto en el cual vivimos, ya que se priorizan las cuestiones ideológicas sobre las cuestiones básicas de supervivencia material de la gente (mientras se desahucian familias, en las escuelas pasan hambre, etc.); por no hablar de la gran cantidad de intelectuales de izquierdas que, en un momento determinado, comienzan a empatizar con CIU a través del discurso independentista y que comienzan a ver la independencia como la única posibilidad de catarsis social, hipotecando todos los problemas sociales de base. Dice Musil: «Todo nuestro ser no es más que un delirio de muchos». El gobierno catalán ha intentado convertir la multitud (esta pluralidad de singularidades de la que hablaba Paolo Virno) en un hombre-masa (a lo Ortega y Gasset) que piensa y se mueve de forma unitaria, que espera lo mismo de la vida y que quiere para la política un sólo objetivo: el camino hacia la independencia; como si este hombre-masa respondiese de forma racional al mandato del gran Partido y a su primer mandamiento, que dice así: «Visca Catalunya Lliure», convirtiendo el destino de la nación en un «delirio de unos pocos». El delirio que anula la razón no es el único problema, el error es hacer creer que este delirio es la única vía de supervivencia de un pueblo, su único futuro, que pasa, sobre todo, por la autonomía económica. ¿La estrategia? Dejando de pagar las subvenciones de 2012 indicando que el problema es que Madrid no paga lo que debe. Los políticos apelan a la «independencia económica» por encima de todo, poniendo sobre la mesa todas las «razones» (todas las cifras) que hacen necesaria esta independencia, pero quitando la parte del todo, este todo que es un contexto de economía transnacional que transfigura todas las razones en argumentos inviables. En el programa político de nuestro gobierno, el neoliberalismo transnacional es el Grial de la supervivencia económica del estado catalán; en el «programa público», no se cansan de vender la emancipación y la autonomía económica. Cara y cruz, que todo vale.

El «Estado» y la «Nación»

En la Antigua Roma se distinguían las nationes (bárbaros no integrados en el Imperio) de la civilitas (cuidadanía) y Cicerón (en sus Filípicas contra Marco Antonio) decía que «las naciones pueden ser sometidas a la servidumbre, pero la ciudad no». Y aun así me hace pensar en el Discurso de la servidumbre voluntaria, de La Boetie, que comienza con la referencia a Ulises cuando dice que «no es bueno tener varios amos, que uno sea el amo, que uno sea el rey». ¿No tratará un poco de eso también la independencia de compra-venta que predican nuestros políticos? ¿Que, al fin y al cabo, el referéndum que está en juego es que el pueblo pueda ser libre de decidir si quiere ser esclavo de dos amos o de uno solo?

Los ciudadanos catalanes y sus políticos han iniciado una batalla conjunta para convertir a Catalunya en un Estado-Nación en una época donde el Estado, si disfruta de algún privilegio, es de su propia puesta en crisis. A esta crisis hay que sumarle la agresiva crisis económica que estamos sufriendo todos y que pone un nuevo tema sobre la mesa: en época de crisis, el auge del sentimiento nacionalista es una reacción generalizada inevitable que podría resumirse en aquello de «la culpa la tienen los otros», un ejercicio de falta de autocrítica y de responsabilidades sangrante. En último lugar, hay que seguir insistiendo en el uso maquiavélico de los sentimientos nacionalistas con finalidades de naturaleza político-económica, dejando en accesorias todas las figuras históricas que tanto han luchado desde un punto de vista filantrópico por la cultura catalana, para que los propios ciudadanos pudiesen tener acceso a su propia cultura, lo cual es un derecho fundamental inviolable. Algunas de estas figuras, que entendían que la cultura pasaba también por la reforma de un proyecto socio-político basado en la República, evidentemente no serán nombrados por políticos que intenten hacer la lucha «suya, y sólo suya» a través del referéndum, un referéndum que ha dejado las decisiones políticas en segundo término, en un plano donde la gente ya no pone su atención y donde estos políticos, lejos de las miradas de la gente a la cual agredirán, disfrutan de una libertad de acción absoluta para poder continuar recortando los servicios públicos, privatizarlos, subir los impuestos, etc. Por otro lado, ¿qué queda de la «nación» cuando el marco económico obliga a fugarse a la mayoría de capital joven al extranjero con tal de encontrar una oportunidad laboral? ¿Cuando la mitad de los jóvenes ya no están y los que quedan son los padres, los hijos de una transición sin hijos?

«Patria», «Tierra», «Cultura»

La auténtica autonomía pasa por ofrecer el acceso a la cultura a toda una conciudadanía. La cultura es la que nos hace entender la necesidad de cuidar el ecosistema donde vivimos, la lengua con la que nos expresamos y el pueblo que nos hermana. La patria designa la pertenencia de un grupo de hombres a una tierra a partir de valores afectivos, culturales o históricos. El uso popular de la palabra «Patria» remite a expresiones como «Todo por la Patria», «Morir por la Patria» y otras frases que concentran en su seno un estado de violencia y sumisión permanente. En la literatura catalana, la patria nos la han descrito aquellos que la perdieron por comprometerse con su cultura (que pasaba por la defensa del proyecto republicano): Agustí Bartra canta desde Méjico a una patria que es un pueblo, Pere Quart desde Francia canta a una patria que es una tierra. Un pueblo, una tierra, un cultivo a/de la comunidad, sin padres ni dictados que nos vallen la casa y que expulsen a los hermanos. El segundo término, el de la tierra, ha perdido todos los vínculos afectivos con lo que designa debido al crecimiento desorbitado de las grandes ciudades, la transformación de la agricultura en monocultivos y la mutación radical del paisaje natural a manos de los especuladores inmobiliarios animados por el sector del turismo. En su concepción de la tierra como espacio de ocio y negocio, como un parque temático universal, todas las naciones, todos los estados (sobre todo a través de las «políticas liberales»), actúan igual. Sí, hay que recordar que el gobierno catalán es un gobierno de derechas muy de derechas. Dice Perejaume en La Pintura y la boca: «Volved a poner en el suelo el oro, esparcid por la montaña el bronce, el mármol y el marfil, con tal de que representen aquello que ahora más nos falta: el lugar de donde surgieron». En cuanto a la cultura (que es el elemento clave para cohesionar una comunidad), no falta ni una prueba más, después de los demoledores recortes y cierres de centros culturales, para demostrar el poco interés que tiene nuestro gobierno (y el de Madrid) por alimentarla. Cuando Maragall, en su Oda a Espanya, dice «Escucha, España (…) te hablo en la lengua que me ha dado la tierra áspera, en esta lengua pocos te han hablado, en la otra, muchos. Te han hablado demasiado de los saguntinos y de los que mueren por la patria», lo que hace Maragall es contraponer la tierra a la patria y concebir la lengua como su propia tierra. El tema de la lengua nos invita a hacernos una serie de preguntas: ¿por qué se utiliza el catalán como un arma política y entonces se invierten todos los recursos en aumentar el inglés en el aula? ¿Por qué una familia puede anular una lengua? ¿Por qué cada vez hay más lenguas muertas y más símbolos nuevos de comunicación icónica? La única constatación posible es que cada lengua que aprendemos de nuevo nos asegura poder comprender las cosas de motu proprio, sin filtros, mirar al pasado y al presente con el macroscopio del entendimiento, nos hace más sensibles a las falacias del lenguaje de buena parte del periodismo y de la política actual y nos permite entender las diferencias culturales que conectan las comunidades humanas. En el mundo actual, sin embargo, sólo hay dos lenguas posibles: la de los ricos y la de los pobres desafortunados («Somos tan desafortunados que perdemos por nuestro carácter aquellos privilegios que nuestro talento nos había hecho ganar en sociedad», Nicolas Chamfort), unas lenguas que se expresan materialmente en el exceso y la precariedad. Y los desafortunados, según Finkielkraut, son «el pueblo», una entidad social unida por una misma miseria.

«Símbolos»

La cultura oficial se basa en los símbolos, que, en lugar de ser un espacio de amplificación del conocimiento, de reunión de saber(es) –según su acepción tradicional–, devienen arquetipos derivados en prototipos que lo que hacen es simplificar la realidad que simbolizan. Los símbolos son fácilmente exportables. De aquí que los símbolos de la cultura española (toros, flamenco) y de la catalana (Gaudí, Picasso, castells, sardanas), convivan de puertas hacia afuera gracias a la rentabilidad económica del turismo. El turismo como una entidad supranacional que ha llevado al consenso cultural (leído con ironía). De puertas hacia adentro, los símbolos heredados de la tradición se tienen que preservar y diseminar: véase el giro que han hecho los medios públicos catalanes en su cobertura de los símbolos culturales catalanes y la repartición de las subvenciones a entidades y asociaciones que trabajan en esta misión, y la creación de la Generalitat del Centro de Promoción de la Cultura Popular y la Tradición Catalana. Un segundo elemento a destacar de las políticas culturales actuales es la fascinación por dejar de producir cultura en pro de los homenajes a celebridades muertas (véase el Año Espriu y el homenaje al 1714 que ocupará toda la agenda cultural oficial del 2014). La cuestión es hacer homenajes a artistas muertos, manipular su discurso para hacerle decir lo que a unos les interesa que diga, la foto con pie para la portada de los periódicos. Y no podemos acabar una sección de símbolos sin hablar de los cánticos «del nuevo templo». Para la mayoría de la gente, el cántico oficial de Catalunya es el himno del Barça, cuya letra representa el dicho de «la unión hace la fuerza», tan popular en política (local e internacional). El Barça se ha erigido como la escuela moral de la nación catalana; prueba de eso es que existe un antes y un después de Guardiola en la oratoria pública. Desde que pasó por el Barça, el término «humildad» se ha adherido a la suela de la lengua de la mayoría de los discursos públicos (el último ejemplo ha sido el discurso que ofrecieron los de El Celler de Can Roca después de ganar el premio al mejor restaurante del mundo, apelando a la humildad por encima de todo). Poner la humildad en boca de jugadores y entrenadores que cobran una media de 6 millones de euros al año o de cocineros que ofrecen menús económicos a 150 euros por comensal, es convertir una lección moral en anécdota, es poner un chorrito de falsa esperanza en la boca de los feligreses contentos de la santa mentira. Menos «falsa modestia» y más valentía para encarar los problemas que tiene actualmente Catalunya, menos humildad y más compromiso, como decía el cántico de los segadores (y es que la auténtica humildad viene del humus, es decir, de la tierra): «Atrás esta gente tan ufana y tan soberbia (…). Ahora es la hora, segadores. Ahora es la hora de estar alerta. Para cuando venga otro junio, afilemos bien las herramientas (…), cuando conviene segamos cadenas».

«Mesianismo»

En catalán existe una expresión maravillosa poco traducible: somiatruites. El somiatruites sería un equivalente catalán del Quijote. Si una cosa caracteriza la cultura catalana es su tendencia a ser unos somiatruites (algunos con sueños de megalómanos profesionales), derivando la ilusión en un mesianismo que se estructura a partir de la confabulación hacia las tierras prometidas. Jordi Pujol ha reconocido en público varias veces la influencia de Israel en su ideario nacionalista, y quien dice Pujol, dice sus hijos ideológicos, Pilar Rahola y Cía. Pep Guardiola también fue el mesías una temporada y Artur Mas ha optado por el «mas-sianismo» en la última campaña electoral, con imágenes postbíblicas que hasta los más ateos pueden reconocer. Los mesías responderían a una nueva forma de legitimación del poder de la que habló Max Weber en Sociología del poder: es la forma carismática, la del profeta, el militar, el demagogo. Weber lo explica así: «la cualidad de una persona considerada como una cualidad extraordinaria…, por la que se considera que la persona que la posee está dotada de fuerzas o propiedades extraordinarias, no accesibles a cualquier persona, o que es una persona enviada por Dios o una persona modélica y que, por lo tanto, es un líder». Es, por lo tanto, una forma de legitimación irracional que opera sin reglas fijas y que, según Weber, surge como una fuerza revolucionaria en épocas de carácter tradicional, como se podía ver, por ejemplo, en el feudalismo. Según este modelo, el pueblo se convierte en un discípulo, en un séquito cegado, y la economía se convierte en un sector inestable. Si el mesías es convocado por los fieles seguidores para que el pueblo llegue a su tierra prometida y es liberado de la falsa identidad con la que se reviste desde el autoexilio; si el contexto en el que se mueve este mesías es el del neo-liberalismo postcapitalista, donde la libertad opera simple y exclusivamente al nivel de los mercados, ¿por qué el séquito no deja a su representante del frac a las puertas de su fake y se libera de este sistema que lo anula todo? Lo único que me permite entender estas filias es que el mesías, como los programas del tarot de altas horas de la madrugada, ofrecen promesas y vanas esperanzas en un presente estéril que, por muy vanas que sean, permiten a los somiatruites dos minutos de complacencia asegurada en un mundo donde nada está asegurado. En la historia de la cultura catalana hay otras naturalezas mesiánicas que se corresponderían más a lo que Perejaume denominaba «vanguardias solariegas»: Miró, Jujols, Brossa, Foix… Confabuladores de mundos (im)posibles partiendo de lo más inmediato: la tierra, la lengua, la forma, la curva grosera del humor… A estos habría que añadir los/las arquitectos/as y arqueólogos de la lengua (de Ramon Llull a Josep Pedrals, pasando por Bauçà o Casasses), los locos metodistas (Dalí, Pujols…), los/las reformalistas plásticos y sociales (Papasseit, Gaudí, Pons, Marçal, Capmany…), los auténticos somiatruites (Verdaguer, Brossa…), los/las representantes del «nos-otros» de la cultura, portavoces de una cultura de «pensadores» y artistas al aire libre, al aire de toda libertad posible sobre su obra y su obrar. Ellos, juntamente con todos los pensadores/as y artistas foráneos, vivos y muertos, que nos han enseñado el valor del «nosotros», que nos han enseñado a liberarnos de las modernas y silenciosas formas de esclavitud, todos ellos son nuestra única «fratria» posible. La única independencia que nos puede hacer más fuertes y autónomos (legalmente), más libres (culturalmente) y más sostenibles e iguales (económicamente), es la independencia respecto a nuestros gobiernos actuales delante de la constatación fáctica de que el sistema no funciona.