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03.09.2013

Tal vez soñar

Nunca me he aburrido tanto como ahora. Quizá sí, de muy pequeño, de visita en casas donde no había otros niños. Entonces, cuando le decía a mi madre: «me aburro», ella respondía: «pues date con una piedra en las espinillas». Pero ahora, demasiado cansado de tirarme piedras a mi propio tejado, me abandono solemnemente al aburrimiento. Me entrego de una manera rizomática, pues creo que en general vivo dejándome arrastrar por un rizoma de acontecimientos, incapaz de profundizarlos (sino no sería abandono). Me he convencido de que realmente bajo la tierra no hay más que gusanos y muertos, de que las raíces verticales y todo lo vertical son lo más sucio y siniestro del mundo. Y me evado, aunque no cavando un túnel pues estaríamos en las mismas. Más bien por los aires, soñando. Libros, canciones, películas. La gente le llama a eso cultura, pero para mí solo es droga. No me gusta el mundo en que vivo. No me gusta de lo que se habla. No me gusta lo que pasa. Nunca he sido tan adolescente como al final de mis cuarenta y tantos años. Y me resulta imposible evitarlo. ¿Cómo voy a formar parte de lo que ocurre, si todo en lo que he creído ya está pasado de moda? Tengo el presentimiento de que aquello ya no me lo creo ni yo. Pero hay también otro presentimiento más negro: estamos muertos. O por lo menos el mundo al que pertenezco ha muerto, posiblemente envenenado, como Arafat o como un ruso o como un emperador romano. Por eso, porque la negación es la primera reacción ante la muerte, siento que no me gusta el sitio donde creo que vivo, lo niego y digo que me aburre. Me da lo mismo todo eso de la identidad. Con respecto a la identidad, eso únicamente me ha servido para que la policía me pidiera el carnet de identidad en medio de la calle. Mirad, esto lo saco del libro de aforismos Los extremos, de Ramón Andrés (ed. Lumen, 2011): «Tucídides comenta que la mayoría de las ciudades no eran obra fundacional de un rey, sino de los desterrados que acampaban en un lugar en el que decidían quedarse. En todos nosotros hay algo que denota un exilio». Mi familia también llegó de lejos y acampó donde pudo. Si has nacido de un meteorito, lo último que te importa es el cráter. Ni te vas a quedar ahí ni vas a pedir excusas. El planeta, al igual que las personas, está lleno de cicatrices más o menos superficiales. A nada de lo que hoy se le da tanta importancia se la he visto nunca, empezando por el fútbol y sus equivalentes políticos, sociológicos, psicóticos. Cuando era chaval estaba de moda el rock con raíces, que era como se vendían los discos de Triana. A mí me gustaba, pero no por las raíces sino por el rock. Las raíces son una tomadura de pelo, por eso las usan para anunciar champú. Ahora se habla más de pertenencia o de identidad que de raíces. El buen salvaje ha muerto, no podía sobrevivir a tanta información, demasiada internet. Las raíces han sido una idea agrícola (¿durante cuántos miles de años fuimos agricultores?), llevaban implícito el concepto de siembra y germinación, de entierro y resurrección. Hablar de raíces ha quedado para el padre Mundina. Después del último golpe de Estado mundial, la domesticidad de la vieja regadera de peltre bajo la lluvia se ha esfumado, y de lo que se trata ahora es del control y de la propiedad. Por eso se han impuesto los términos identidad y pertenencia. Más impresentables no pueden ser. Ahí está lo que me aburre y me cansa. No sé si hay una edad en la que uno se queda fuera de juego por no ser capaz de comprender. No me importa, al contrario. Más tiempo para soñar.