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19.12.2002

El imperio contraataca
Entrevista con Michael Hardt

ESPAI EN BLANC.  En este número de la revista Archipiélago hemos intentado pensar lo que podría ser hoy un programa de subversión. Es un esfuerzo conjunto para replantear el significado y el alcance de la crítica. Tú y Toni Negri habéis publicado hace poco un libro, Imperio, que constituye una de las reflexiones más serias acerca de nuestra actualidad. ¿Tú crees que se puede hablar de un nuevo ciclo de luchas en el Imperio?

MICHAEL HARDT.  Cuando escribimos Imperio nos había interesado el hecho de que las luchas sociales recientes –las revueltas de Los Ángeles, Chiapas, la Intifada, etc- no habían sido adoptadas ni recreadas en otras partes para formar un ciclo. Desde entonces, sin embargo, parece que ha emergido un nuevo ciclo de luchas alrededor de los temas de la globalización, de Seattle a Génova. Un factor importante que ha hecho posible este nuevo ciclo es la emergencia de un nuevo lenguaje común. Este lenguaje común permite que la gente de cada lugar “traduzca” lo que se he desarrollado en otra parte y reconozca la lucha como propia.

Una limitación evidente de este nuevo ciclo de luchas es, no obstante, su limitación geográfica a Norte América y Europa. Tendríamos que recordar, naturalmente, que ha habido muchas luchas fuera de Euro-América contra las mismas instituciones supranacionales: las revueltas jamaicanas contra el FMI, por ejemplo, o el levantamiento zapatista contra el NAFTA. Muchos militantes de otras partes del mundo están preparados para unirse contra estas instituciones. Pero sus luchas no han podido ser aún integradas en un mismo ciclo. La expansión del ciclo de luchas más allá de territorio euroamericano me parece una de las tareas más importantes que deben llevar a cabo los movimientos.

ESPAI EN BLANC.  Después de lo que afirmas acerca del nuevo ciclo de luchas ¿crees que el Imperio tal como lo entiendes – como nueva forma de soberanía política- puede llegar a ser el enemigo común?

MICHAEL HARDT.  Sí, esto es parte del proyecto teórico. «Imperio» tiene que nombrar al enemigo y el análisis de la multitud contra el Imperio tiene que ayudar a formular un lenguaje común de las luchas. Pero esto es, por supuesto, un amplio proyecto político del cual nuestro libro es sólo una pequeña parte.

ESPAI EN BLANC.  Este ciclo de luchas estará atravesada por la dualidad “o con la democracia o con el terrorismo”. ¿Cómo crees que puede influir el acontecimiento 11 de septiembre?

MICHAEL HARDT.  Desde el 11 de septiembre estamos, en efecto, ante una nueva visión maniquea del mundo: el bien contra el mal, la civilización contra la barbarie, la democracia contra el terrorismo. ¡Pero es un falso dualismo! Los terroristas y el gobierno de los Estados Unidos se oponen en muchos aspectos, pero en algunos de los más importantes son lo mismo: comparten una misma visión anticuada del mundo dominado por unos Estados Unidos imperialistas. Si los terroristas piensan que pueden cambiar el mundo a mejor golpeando el corazón simbólico del poder global de los Estados Unidos, se equivocan. Y si el Gobierno norteamericano piensa que puede proteger su territorio soberano y pacificar los conflictos globales redoblando su dominación global, también se equivoca. No hay un poder central en el Imperio y cualquier esfuerzo dirigido a atacar o a reforzar un centro acabará en un fracaso. Las dinámicas reales y efectivas del Imperio están más bien conducidas a través de redes distribuidas. Por un lado, sólo una red de poder distribuida –es decir, una constelación de instituciones y de agentes que se extiende más allá de las fronteras nacionales- será capaz de pacificar las rebeliones y mantener el orden presente. Y por otro lado, sólo una red de poder de las fuerzas liberadoras igualmente distribuida podrá subvertir el orden presente y construir una sociedad global alternativa y democrática.

ESPAI EN BLANC.  En relación con lo que sería un programa de subversión, nosotros hemos hablado de desokupación del orden, de sabotaje, mientras que tú de deserción, éxodo, nomadismo… En esto estamos de acuerdo. Pero el aspecto constructivo es el que se nos hace más problemático. ¿En qué puede consistir este momento si más bien parece que el éxodo arruina toda construcción? Más allá de desearlo, ¿en qué te apoyarías para afirmar el aspecto constructivo de las actuales prácticas subversivas?

MICHAEL HARDT.  Cualquier forma de rechazo tiene que tener también algo positivo, algún elemento constructivo –si no, es pura negación. El Bartleby de Melville me parece un ejemplo magnífico del mero rechazo. Rechaza la autoridad burocrática y de poca monta del director de la oficina, pero no construye nada, de manera que finalmente lo único que hace es descender por el camino que conduce hacia su propia muerte. Deleuze y Guattari muestran a algunos tipos de drogadictos como líneas de fuga suicidas.

Pero, ¿cómo pueden el sabotaje, la deserción o el éxodo ser positivos y constructivos? Mirad a los movimientos antiglobalización, por ejemplo. Se basan antes que nada en un acto negativo: el rechazo de la forma actual de globalización (es decir, la globalización dirigida por las corporaciones capitalistas, la globalización que crea las jerarquías globales de ricos y pobres, que destruye el medioambiente, etc). Obstruir las reuniones del Banco Mundial y romper los cristales del McDonalds son elementos de este aspecto negativo. Pero estos movimientos no son sólo anti-globalización. Están también por una forma alternativa de globalización, por una globalización democrática basada en una libertad e igualdad globales y reales. Y, por supuesto, estos movimientos presentan ya en sí mismos un ejemplo de un nuevo tipo de relaciones globales, organizadas en una red transnacional horizontal. Este aspecto constructivo tiene que ser inseparable del negativo y destructivo. Desarrollar con mucha más fuerza este aspecto positivo es, pienso, una tarea importante que los movimientos tienen que afrontar ahora.

ESPAI EN BLANC.  Ya sabemos que la ontología es política y que tú defiendes una ontología constitutiva. Dos cuestiones: 1- ¿cuál es la función de la ontología en tu discurso crítico? y 2- ¿la ontología es algo que se escoge? Dicho de otro modo: ¿cuál es su relación con la realidad?

MICHAEL HARDT.  Ésta es una pregunta larga y difícil. Dejad que intente responder sólo a una parte. Uno de nuestros eslóganes en Imperio es que ya no hay un afuera, lo que para nosotros se resume en la constatación de que ya no hay naturaleza. No queremos decir con esto que ya no haya árboles o mariposas, sino que todo el mundo e incluso todo ser es susceptible de producción y de transformación, y por tanto, forma parte del mundo de la política. Incluso las formas de vidas son hoy producidas y producibles. Biopoder y biopolítica son los conceptos que intentan dar idea de este terreno político y ontológico que no tiene afuera.

Considerad, por ejemplo, algunas de las nuevas formas de propiedad inmaterial, lo que podríamos llamar biopropiedad. En Estados Unidos, no solo las variedades de plantas y semillas pueden ser patentadas y poseídas como propiedad privada, sino también las especies animales y el material genético. Uno de los ejemplos más celebrados de biopropiedad es el Oncoratón, un tipo de ratón que se usa para la investigación sobre el cáncer y que fue creado en un laboratorio mediante el injerto de genes humanos. Tradicionalmente, se podían tener en propiedad diez o un centenar de vacas Holstein o de árboles castaños, pero no la vaca Holstein o el árbol castaño como categorías, como formas de vida. Sin embargo, estas formas de vida pueden ser hoy, en algunos casos, objeto de propiedad privada, como es el caso del Oncoratón, porque se demuestra que han sido producidas por el trabajo humano y que no son parte, por tanto, de la naturaleza. La producibilidad de la vida es lo que hace posible la biopropiedad y lo que la define como el nuevo reino de las luchas biopolíticas.

¿Está la ontología definida en estos casos por lo que escogemos o es nuestra relación objetiva con la realidad? Ambas cosas y ninguna. Dicho de otro modo, encaramos efectivamente el mundo como una realidad objetiva que determina nuestras acciones, pero al mismo tiempo producimos y reproducimos colectivamente el mundo en todos sus aspectos. Sospecho que la alternativa entre libertad y necesidad no ayuda a entender aquí nuestra inmersión en el ser.

ESPAI EN BLANC.  ¿Un programa de subversión efectivo necesita de la idea de una sociedad global alternativa?

MICHAEL HARDT.  Sí, creo que la necesita, porque las alternativas al Imperio tienen que tener su mismo grado de generalidad, es decir, tienen que ser propuestas de una sociedad global. Están emergiendo visiones alternativas de una sociedad global desde diversos movimientos sociales distintos. Los diferentes movimientos antiglobalización, por ejemplo, proponen una visión de una sociedad global alternativa. Se podría objetar, inmediatamente, que hasta ahora estos movimientos se han limitado a Europa y Norte América. Muchas otras partes del mundo luchan en efecto contra el FMI, el Banco Mundial y la OMC a su manera, pero no han podido ser integradas en este ciclo de luchas. Lo que hay que decir ante esto es que a pesar de que los movimientos antiglobalización no presentan una concepción concreta de una sociedad global, sí explicitan la necesidad de una sociedad basada en los valores en que se basan estos movimientos – una sociedad con igualdad, democracia, autodeterminación, conciencia medioambiental, etc.

ESPAI EN BLANC.  En una sociedad cada vez más guetizada (Estados Unidos, como ejemplo paradigmático, pero también de manera progresiva las sociedades europeas) ¿cómo puede la intervención política ir más allá de la referencia identitaria?

MICHAEL HARDT.  Pienso que, por lo menos en términos abstractos, la multitud ofrece una respuesta potencial a este dilema. El concepto de multitud supone que las condiciones políticas de la identidad y de la diferencia han cambiado. En vez de oponer estos conceptos, la multitud propone las nociones afines de lo común y la multiplicidad. Por un lado, lo común no implica identidad; las cosas comunes se comparten pero no son necesariamente las mismas. Por otro lado, la multiplicidad implica una noción muy concreta de diferencia, que no se apoya en la identidad como su contraparte negativa. Una multiplicidad está compuesta de singularidades. En términos de las recientes concepciones de la organización política, podríamos decir que la multitud corta diagonalmente la alternativa tradicional entre la política de la unidad y la política de la identidad, porque ambas se fundamentan en la oposición de las nociones de identidad y diferencia.

ESPAI EN BLANC.  Toni Negri nos comentó que estabais preparando una segunda parte de Imperio sobre la guerra. ¿Cómo la abordáis? ¿Nos encontramos ya en una nueva relación entre el Estado y el miedo?

MICHAEL HARDT.  Si se acepta que se está formando una nueva forma de soberanía imperial que no tiene afuera, hay entonces una diferencia cada vez más ligera entre guerra (es decir, el conflicto entre dos poderes soberanos) y acción policial (dentro de un solo territorio soberano). Dicho de otro modo, cada guerra dentro del Imperio tendría que ser considerada como una guerra civil. Por supuesto, tenemos que separar nuestra noción de guerra civil de la idea de espacio nacional definido en la modernidad. En el mundo actual, las guerras civiles son las que marcan los antagonismos dentro de la sociedad global.

No hay ninguna garantía, claro está, de que estas guerras civiles tengan algún potencial liberador. De hecho, la mayor parte de guerras civiles de este periodo son meras luchas entre los poderosos para reconstruir la jerarquía de los poderes imperiales. Estas formas de violencia buscan generalmente su legitimación a través de la representación mistificada de la pobreza y la justicia. En este sentido, la diferencia entre terrorismo y violencia legítima parece desvanecerse. Nos encontramos entonces en un estado de guerra permanente en la que varias partes combatientes aparecen igualmente crueles, bárbaras e irracionales y sólo podemos sufrir los efectos de la guerra.

El desafío es descubrir una nueva forma de guerra civil que tenga un potencial liberador. Quizá nuestra situación sea la de Lenin desde Suiza cuando en la primera guerra mundial intentó encontrar cómo transformar una guerra inter-imperialista en una guerra de clases. No queremos luchar en las guerras que han sido ya libradas ni en las que están siendo libradas ahora. Tenemos que inventar una nueva concepción de la guerra y un nuevo modo de librarla – una guerra que pueda conducir finalmente a una verdadera paz.